Cronología de las actas: 5 de septiembre de 1983
Instrumental y piezas: Estilográfica de plata, reloj Rolex Oyster de acero, cuaderno de notas virgen, cámara réflex Nikon
Atestado personal: Adrià Bonmatí
Capítulo 1: Las Columnas de Hércules
El Estrecho de Gibraltar · 5 de septiembre de 1983
El ferry se separa del muelle de Algeciras con un ronroneo sordo. Me vibra en la planta de los pies. Miro hacia atrás, hacia la costa española que se aleja. Luego miro al horizonte. A mi izquierda, el Peñón de Gibraltar se alza como un bloque de granito imperturbable. Hacia el sur, entre la bruma, la silueta del monte Musa empieza a ganar cuerpo. Son las dos Columnas de Hércules. Los centinelas que vigilan la entrada a otro mundo.
Saco mi estilográfica de plata. Fue un regalo de mi padre al terminar la licenciatura. Es una pieza pesada, de un frío elegante. Se adapta a mi mano de zurdo con una docilidad que agradezco. En la muñeca llevo mi Rolex Oyster. Me lo regaló una amiga de la facultad en aquellos meses en los que salíamos juntos. Es un mecanismo exacto que me recuerda una libertad sin nombres ni promesas. El segundero de una vida que hasta ahora no ha necesitado dogmas. Estos objetos de precisión serán mis baluartes. La garantía de que el orden y la lógica me mantendrán a salvo de la desmesura de África.
Estoy convencido de una cosa: el destello de plata de mi pluma será el anclaje definitivo con Girona. El acero de mi reloj marcará el tiempo sin relativismos, fiel a la matemática de un universo que nació en las estrellas. Se rige por leyes que ningún fango podrá empañar. Me voy al Chad y a Etiopía a buscar fósiles. A buscar el origen. A buscar las pruebas de la Evolución protegido por mi propia armadura.
Me apoyo en la barandilla. Pienso en la importancia de este pedazo de mar. Junto con el estrecho de Ormuz y el de Malaca, Gibraltar es una de las arterias por las que bombea la sangre del planeta. Hoy parece un lugar bajo control. Pero sé que estos embudos geográficos son los puntos más sensibles de la Tierra. Si se cierran, el mundo se detiene. Cruzar aquí no es solo pasar de un continente a otro. Es atravesar una de las puertas de la civilización.
El aire salobre entra por las rendijas del ferry. Es una corriente húmeda que se mezcla con el olor a grasa del motor y el tabaco rubio de los camioneros. Estoy sentado en la cubierta superior. Llevo el cuaderno recién estrenado apoyado en las rodillas, sintiendo la vibración del metal bajo mis muslos. El sol del mediodía es una cuchilla que dibuja una línea líquida sobre el mar. Al fondo, la silueta de África se insinúa como una premonición o una advertencia.
Al final, he partido. No es una huida. Es un pacto. Úrsula lo entendió antes de que yo pudiera articularlo: solo un amor verdadero —o uno que pretende serlo— permite una separación tan radical. Me voy para volver siendo otro. O para confirmar que siempre fui el mismo.
A mi alrededor, el equipo parece un conjunto de piezas recién sacadas de una caja. Brillan, pero aún no encajan.
El doctor Pere Miravalls camina por la cubierta con la seguridad altiva de quien está acostumbrado a que el mundo se detenga cuando habla. Su camisa blanca ondea con el viento, impecable. El polvo de las excavaciones no parece atreverse a posarse sobre él. Proyecta cada frase hacia el horizonte, como si estuviera frente a su auditorio habitual en Harvard, soltando sus palabras al aire sin mirar a nadie:
—El Estrecho ha sido el puente de todas nuestras hambres. Lo que estamos haciendo hoy es repetir una migración vieja de millones de años, pero en sentido contrario. Vamos a desenterrar a nuestros antepasados para ver si, por fin, nos reconocemos en ellos.
La joven geóloga de Chicago, Margareth Collins, lo observa desde un banco, protegida por sus gafas oscuras. Hay una luz cálida en su rostro cada vez que Peter —así le llamaban en clase— habla. Es una devoción que va más allá de lo académico. Enric me contó que son pareja. A mis ojos parecen una sociedad de socorros mutuos. Un idilio frío cimentado sobre currículums y prestigios compartidos.
—So right, Peter! Tienes toda la razón.
Su voz me suena a música y a jerarquía.
Enric, mientras tanto, es un espectáculo aparte. El mismo tipo que recorría el Barri Vell con Albert y conmigo ha desaparecido bajo una metamorfosis radical. Unos días antes de salir, decidió raparse al cero su melena. Necesitaba despojarse de todo lo superfluo antes de pisar el polvo africano. Ahora, con su aspecto de gángster de los años treinta y la cámara réflex colgada al cuello, ha ganado una presencia cruda. Está despojado de ese aire de quien persigue una juventud que ya no le pertenece. Retrata todo: las manos de una señora marroquí que reparte dátiles, el humo del camionero español, el perfil de halcón de Miravalls. Apunta su objetivo hacia mí y dispara la foto sin dejar de encuadrar:
—La épica, Adrià, está en el detalle. Dentro de unos años, estas fotos valdrán más que los huesos fosilizados de los homínidos.
Yo sonrío con timidez. Soy el más joven y el peso de mi ignorancia me hunde los hombros. Mis charlas sobre Evolución me dieron algo de prestigio académico. Un salvoconducto pírrico, pero suficiente para estar aquí. He pasado semanas en el Museo de Arqueología de Cataluña memorizando protocolos a marchas forzadas para no desentonar. Pero aquí, frente a la inmensidad de las aguas del Estrecho, me siento un intruso. Miravalls encarna la ciencia en estado puro, el futuro al que aspiro. Yo solo soy el chico que carga con los bártulos.
El ferry avanza cortando el oleaje con insistencia. Pronto llegaremos a Ceuta, esa paradoja geográfica: una ciudad española en África. Atrás quedan Girona, el polvo de las tizas y el eco de mis conferencias en el Ateneu. Adelante aguarda el gran secreto que justifica cada kilómetro de esta locura.
Aún noto en el paladar el amargor de las cervezas que nos tomamos en aquel rincón oscuro cerca de la Autónoma.
Fue a finales de primavera, cinco meses antes de partir, durante la entrevista que Enric me había concertado para convencer al director del proyecto. El doctor llegó tenso, circunspecto. Apenas habló al principio. Se limitó a lanzar unas cuantas preguntas cortas y afiladas que me obligaron a justificar mi plaza. Ante su escrutinio, me dejé llevar por el entusiasmo. Desnudé mi pasión por la biología y por la Evolución con una vehemencia de la que hoy ni siquiera recuerdo los detalles. Le miré fijamente a los ojos, entregándole mi sinceridad y mi fe absoluta en la expedición.
Fue entonces cuando su gesto cambió. De pronto, Miravalls se relajó. Pidió dos cervezas más y empezó a hablarme con una cercanía abrumadora, casi paternal. Aquello me pareció sublime. No me hacía falta esperar ningún veredicto oficial ni un documento timbrado por el Rectorado: ¡viajaría con ellos al corazón de África!
En ese clima, el doctor se inclinó sobre la mesa, barriendo el ruido del local con un susurro febril que me encendió la sangre, lanzándome una advertencia directa:
—Esto es solo para ti, Adrià. Guárdalo contigo. Nadie en la facultad lo sabe todavía.
Entonces me explicó los detalles.
—Mira, todo viene de una filtración confidencial de la misión francesa en el desierto de Djurab. Primero fue una mandíbula de tres millones de años a la que llaman Abel... Pero es que hay más, Adrià. Mucho más. Tienen oculto en los sótanos del Musée de N’Djamena, en el Chad, un cráneo clandestino. Lo esconden ahí para evitar que la guerrilla lo reviente todo o que las misiones rivales lleguen antes de catalogarlo. Un fósil imposible... Los daza, esa etnia de pastores curtidos por el Sáhara que ayudaron en el hallazgo, ya le han puesto nombre: lo llaman Toumaï, que en su lengua nativa significa «esperanza de vida».
El doctor se acercó aún más, clavando sus ojos fijos en los míos, y remató con una seguridad que me encendió la sangre:
Me sentí crecer en la silla. Si mi ídolo hasta entonces había sido Lucy, un nuevo y enigmático emblema de la Evolución acababa de nacer en mi mente: Toumaï. ¡Sensacional! La «esperanza de vida».
Al lado de aquel hombre de ciencia estaba convencido de que podría llegar a donde me lo propusiera en mi carrera como biólogo y conferenciante.
Esa promesa es mi motor. El lugar donde la Evolución dio su primer paso vacilante hacia lo que somos nos espera en el corazón de África.