← Capítulo 07: El ataúd optimista Expediente 08/78 · Diligencia de Clausura
Demarcación: Carrer de les Ballesteries, 4.º 1.ª (Girona)
Cronología de las actas: Finales de febrero de 2023 / Memoria retrospectiva de marzo de 1983
Pieza recuperada: Cuaderno verde con máculas de sangre seca sobre la sentencia del cuaderno
Atestado personal: Albert Bonmatí (65 años)
El Testamento Verde · Parte I: Registro de campo

Epílogo a la Parte I: El fragmento del Sáhara

El sofá de junco frente al balcón en el piso de Ballesteries, Girona
DILIGENCIA POLICIAL · PIEZA DE ESTUDIO Y SOFÁ DE JUNCO EN EL INMUEBLE DE BALLESTERIES (FEBRERO DE 2023)

Girona · Finales de febrero de 2023

Los guantes de látex del forense chirriaron en el pasillo, un eco lúgubre que me recordó la cercanía del cadáver de Antonio. Era mi primo, sí, pero sobre todo era el hijo rebelde y descarriado de mi querida tía Asunción, viuda desde hacía un par de años, que seguía allá en su casa de Aínsa, fiel a sus orígenes, al abrigo de las piedras del Pirineo de Huesca. Al pensar en ella, tan mayor, tan buena y ahora condenada a recibir la peor de las noticias, sentí que las lágrimas me quemaban los párpados. Lloré por su vejez rota, más que por la muerte de él.

Pero la piedad familiar tuvo que competir de inmediato con el latido de mi propio asombro. Era la misma frase. Las mismas nueve palabras que el inspector me había mostrado hacía un instante en la nota escrita por Antonio. No era una coincidencia. Era una transmisión. Mi primo no había muerto por un delirio propio, sino por una herencia ajena. Había algo en ese cuaderno que mi primo consideró tan verdadero como para convertirlo en su último mensaje antes de que la violencia le apagara la voz.

Me quedé sin aliento, allí sentado, y empecé a pasar el dedo por el papel. Justo debajo de la palabra «ruinas», tres pequeñas motas de una sangre ya negruzca y seca, incrustadas en la fibra del papel, empañaban la blancura de la página.

Acabé comprendiendo que aquel objeto que tenía bajo los dedos no pertenecía a este mundo. ¿Qué hacía allí? Aquella había sido mi casa durante diez años más, después de la desaparición de Adrià. ¿Por qué no lo había visto yo antes? O, ¿por qué no cruzó el Atlántico en la maleta de Úrsula cuando ella se esfumó tras sus pasos? Ese cuaderno debería estar con Úrsula en alguna profundidad de la selva amazónica. Pero estaba ahí, escondido durante décadas, y ahora abierto ante mis ojos.

Miré hacia el final del largo pasillo, junto a la alta puerta de madera maciza y cristal que daba al comedor, donde la policía embolsaba la vida de mi primo. Sentí una punzada de culpa sorda: lo había dejado solo, durante treinta años, en este piso abandonado a su suerte, esquivando sus llamadas para no cargar con sus deudas, y ahora se marchaba envuelto en plástico negro.

El aire era muy frío. Accioné el radiador eléctrico, el mismo de siempre, pero no funcionaba. Antonio era así, dejado y miserable.

Comprendí que la verdad de lo que pasó en África era lo único que seguía en pie en aquel piso habitado por fantasmas. Tomé el cuaderno y, no sé muy bien por qué, me senté en el suelo, apoyando la espalda contra la pared fría, con la misma pintura blanca —ahora amarillenta— y el mismo zócalo violeta, y me dispuse a leer.

Miré la fecha de la primera anotación: 5 de septiembre de 1983. Han pasado treinta y nueve años y seis meses. Retrocedí una hoja y me detuve a propósito en la guarda de seda color salmón. No quise iniciar la lectura sin seguir los pasos de mi memoria que se adelantó al papel. Antes de que Adrià pusiera un pie en África, hubo una noche de marzo del mismo año en la que el aire de Girona todavía vibraba con los ecos de las elecciones municipales. Eran los años del desencanto. Ya no militábamos con aquel ardor de los primeros carteles, o al menos no lo hacíamos en las calles.

Habíamos descubierto que las asambleas políticas eran solo una forma más lenta de perder el tiempo y nos habíamos pasado a una política más urgente: la de los bares del Barri Vell, el hachís y las amistades que duraban lo que tardaba en vaciarse una copa. Yo, sin embargo, observaba aquel cambio de guardia con un escepticismo distinto; seguía creyendo en el orden de las cosas, pero mis certezas se habían vuelto más silenciosas, más teóricas. Había cambiado la pancarta por la biblioteca.

En ese paisaje apareció Enric. Era un periodista de unos treinta años, vinculado al equipo de prensa de la Universitat Autònoma que, junto al Museu d’Arqueologia de Catalunya, daba forma a aquel proyecto. Llevaba una ostentosa melena y cargaba con un macuto donde, según decían las malas lenguas, guardaba una botella de ginebra como único salvoconducto contra el calor. Para nosotros, Enric representaba el entusiasmo necesario pero algo caótico de aquellos primeros años; alguien a quien apreciábamos por su energía, aunque todavía no sospecháramos que terminaría siendo el testigo de nuestro propio derrumbe. Él nos comentó algo muy por encima de su sueño de viajar a África como cronista. La Generalitat —en su afán por «hacer país» poco después de la restauración— le había integrado en una expedición para documentar nuestra llegada al mundo.

Aquella noche de la victoria de la izquierda en Cataluña, la Plaça del Vi, delante del edificio del Ajuntament, era un hormiguero de banderas y euforia. En medio del baile popular, Enric surgió de entre la multitud y nos soltó el aviso: «En septiembre me voy a África. Os invito a la fiesta de despedida, en el bar de la Cort Reial». Adrià y yo asentimos con una simple cortesía vacía. Había tanta gente que decía tantas cosas… Además, todavía faltaban seis meses. Todo era tan superfluo en medio de aquel ruido que la idea de una expedición a África nos parecía solo una locura más, una de esas que se lleva el viento antes del amanecer.

Llegamos al piso cerca de las dos de la madrugada. Adrià, que entonces trabajaba como profesor, tuvo una de sus ocurrencias de asceta: para no quedarse dormido y no llegar tarde a clase —pues decía que, si bajaba la guardia, sus alumnos se le subían, literalmente, a las mesas—, decidió no ir a su cama a descansar. Se quedó en el comedor y se sentó en aquel sofá incómodo de junco y madera frente al balcón de los patios interiores, esperando que el sol le diera en la cara y le obligara a levantarse.

Es impresionante darse cuenta de cómo el tiempo quedó parado aquí. Al entrar hoy, he comprobado que ese sofá sigue siendo el mismo; está en el mismo sitio después de tanto tiempo, encarado a los mismos patios interiores de antenas y ropa tendida. Eso sí: más polvoriento. Parece que el mueble, igual que mi memoria, ha estado esperando décadas a que alguien volviera a sentarse para completar la historia.

Lo que pasó después él lo llamó destino. Yo lo llamo fatiga.

Adrià se durmió y, en la duermevela, el sueño repitió la escena de la plaza. La fiesta popular, Enric con su melena al viento y su macuto, y el mismo aviso, exactamente igual. Pero en su mente, la respuesta cambió. En lugar de un adiós, Adrià se escuchó a sí mismo diciendo: «Yo iré contigo a África». En ese mismo instante sonó el interfono. Fue como si el sueño golpeara la puerta de la realidad. Adrià no se movió. Yo ni me enteré y seguí durmiendo, pero había varios amigos en casa y alguno de ellos, desde el telefonillo, abrió abajo. Un grupo de gente subió las escaleras de los seis pisos con ganas de estirar la fiesta. Enric iba en cabeza. Irrumpieron en el comedor y, claro, al abrir la luz, ¿a quién encontraron, tumbado en el sofá, atónito? Con la confianza invasiva de quien no sabe pedir permiso, Enric cogió una botella de Gin Xoriguer —que Adrià y yo habíamos comprado en la isla de Menorca— de la caja de vinos colgada en la pared que usábamos como mueble bar. Empezó a servir e invitó a todos los presentes.

Adrià se incorporó en el sofá de junco, aturdido, con los ojos fijos en él.

—¿Qué pasa?

—En septiembre me voy contigo a África.

Cuando me lo contó días después, yo no vi nada sobrenatural; no era la mejor hora, yo estaba cansado y solo quería dormir, pero él me perseguía por el pasillo hablando en mi oído como hacía siempre. Para mí aquello era la huida de un hombre de veinticinco años que detestaba la rutina de la tiza y la pizarra; un escape hacia una expedición que olía a propaganda oficialista y a aventura de manual. Era una tontería, una decisión tomada entre vapores de ginebra y un sueño mal digerido.

Fue entonces cuando nuestra relación empezó a agrietarse. Además, todavía arrastrábamos el silencio de aquella novela que habíamos escrito a cuatro manos en las noches de Ballesteries; un manuscrito que acabó enterrado en un cajón sin ver la luz y que nos dejó un regusto a derrota que ninguno de los dos sabía cómo gestionar. Aunque su cuerpo seguía aquí, compartiendo nuestras cenas de siempre cada vez menos frecuentes, su mente ya se había mudado al Sáhara. La gran mesa de nuestra sala de estudio —antes ocupada por folios y folios de nuestros manuscritos— se llenó de tratados de la Evolución y esquemas de cráneos de homínidos que a mí me causaban un cierto repelús. Era como si Adrià, al renunciar a nuestra ficción compartida, hubiera decidido que la única verdad que valía la pena buscar estaba escondida bajo capas de fango y millones de años. Él ya no estaba en el piso; solo esperaba el momento de saltar al vacío.

Lo que ninguno de los dos podía ni imaginar era que, muy poco después de eso, entraría Úrsula por la misma puerta del 4.º 1.ª por la que había entrado Enric para dar a Adrià un motivo real para quedarse.

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