Cronología de las actas: 16 de septiembre de 1983
Piezas y suministros: Saco de dátiles secos, botellas gruesas de Coca-Cola antigua, ginebra menorquina
Atestado personal: Adrià Bonmatí
Capítulo 9: El pan de los nómadas
Disponible: 10 de enero de 2027
Material audiovisual del capítulo en proceso de desclasificaciónEl Goléa, Sáhara · 16 de septiembre de 1983
Después de un día entero de viaje, al anochecer alcanzamos el oasis de El Goléa, la segunda de las cinco ciudades que serán nuestra salvación durante la travesía. Nos cuenta Enric que algunos le llaman la «Perla del Desierto», pero el nombre no me alivia: para nosotros solo marca el límite entre el Gran Erg Occidental y la meseta del Tademaït, la que nos aguarda en la próxima etapa. Aceptamos con una punzada de horror que este será un lugar mucho más árido y hostil que todo lo visto hasta ahora.
Las casas de barro, del mismo color que la arena, parecen una extensión de la colina de roca endurecida por el viento; un mimetismo que hace que todo el poblado se confunda con el propio desierto. Aquí la arquitectura no se impone a la naturaleza, se rinde a ella.
En el mercado, un viejo tuareg nos intenta vender un gran saco de dátiles secos. Tras un breve intercambio de cifras, cerramos el trato por lo que él asegura que es la mejor provisión para cruzar estas soledades.
—El pan de los nómadas —dice en un francés quebrado, con una sonrisa que apenas se adivina bajo los pliegues de su turbante azul índigo.
Al sopesar el saco, noto que los frutos están duros como piedras. Me pregunto si no nos habrán timado, pero el viejo asiente con una solemnidad que me desarma. Meto un par en el bolsillo de mi pantalón, para probar mientras viajamos.
Buscando suministros, el doctor y yo entramos en una diminuta choza de barro solitaria. El interior está en una penumbra reparadora. Tras un mostrador tosco, hecho de la misma arcilla que las paredes, un hombre árabe de piel oscura y turbante inmenso nos observa sin decir palabra. La oferta es desoladora: un poco de sal, algo de azúcar y unas latas oxidadas que parecen llevar años esperando un comprador. Y, sin embargo, allí están: las inconfundibles botellas de Coca-Cola. Son de las antiguas, de cristal grueso y rugoso, gastado por mil usos. Lo más sorprendente es que están frías. Es la ironía del mundo moderno: en los lugares donde falta lo esencial, siempre hay una botella de Coca-Cola fría.
Decidimos pasar la noche aquí. Acompañamos las bebidas con una botella de ginebra rescatada del equipaje: el combinado favorito de Enric. Fue así como lo conocí, junto a Albert. Las horas se deslizan entre risas fáciles y bromas que en Girona nos parecerían mediocres, hasta que la madrugada nos sorprende todavía despiertos.
En el momento de acostarnos, Margareth observa con una fijeza casi dolorosa cada movimiento de Miravalls. Él sube, como siempre, a la litera superior, pero esta vez, tras él y sin decir nada, sube también Enric. Lo hace con una naturalidad impúdica, como quien cumple con un hábito largamente ensayado.
Margareth se acomoda de inmediato en la litera de abajo. Yo me quedo un instante suspendido en la parte trasera de la furgoneta, sin saber qué hacer, sintiéndome un extraño en mi propio viaje. Escribo un poco en mi cuaderno y espero. Cuando ella parece dormida, me acuesto a su lado, tensando cada músculo para que mi cuerpo no tenga el más mínimo contacto con el suyo. Estoy agotado y algo aturdido por la ginebra, a pesar de haber bebido poco.
Margareth, sin preámbulo alguno, se acerca a mí y me abraza. Ha bebido bastante y está visiblemente herida por el desdén de su «Peter». Esa humillación la ha dejado vulnerable, desesperada por sentirse deseada, por confirmar que todavía existe fuera de los ojos del doctor. Intenta besarme con una pasión entrecortada, una mezcla de orgullo dañado y necesidad de consuelo. No puedo apartarme del todo. Dejo que la cercanía ocurra, como quien se permite ser arrastrado un instante por la corriente, pero en mi interior no hay convicción. Mi afecto pertenece a alguien que está a miles de kilómetros. Cada gesto de Margareth, más que tentarme, confirma la fidelidad que me une a Úrsula.
Eso me alegra íntimamente. Mi amor por Úrsula es real y, por lo tanto, el amor verdadero existe como algo más que una atracción. Si el amor fuera solo un baile de neurotransmisores —como solemos defender en la facultad—, me habría rendido a Margareth sin dudarlo, obedeciendo a la biología. Quizá por eso, el roce de su cuerpo y el aroma a ginebra dejan en mí una mancha de incomodidad que el agua de la ducha de la gasolinera no logrará borrar.
Nos levantamos tarde, con el cuerpo pesado y un poso de resaca que nos nubla la vista. Nadie tiene prisa por hablar. Lo ocurrido en las literas queda flotando en el aire, invisible pero tan palpable como el calor que ya empieza a golpear la chapa de la furgoneta. El sol está alto, una hora pésima para reanudar la marcha. Las risas de anoche pertenecen a otro viaje, a otra gente.
Aprovechamos la manguera de la gasolinera para lavarnos con agua abundante, a escondidas, tras el vehículo. Estamos más pendientes de evitar el cruce de miradas que de refrescarnos. Hay una vergüenza compartida que ninguno se atreve a nombrar. Después, recogemos el campamento con movimientos mecánicos y volvemos a la carretera.
Durante horas avanzamos por el asfalto desierto. Cada uno se refugia en sus propios pensamientos, como si cualquier palabra pudiera romper el frágil equilibrio de la cabina. Solo el traqueteo del motor llena el espacio. Esta atmósfera cargada hace que el trayecto parezca estirarse hasta el infinito. Según nuestros cálculos, alcanzaremos el tercer punto de nuestra travesía sahariana, el próximo oasis de In Salah, al caer la noche.
Para distraerme del aburrimiento, decido empezar a masticar los dos dátiles que llevo en el bolsillo. Están duros, pero su sabor dulzón y concentrado se convierte de forma inesperada en un alivio; me libra de la pastosidad de una boca seca y apacigua, curiosamente, el vacío del estómago. Masticar se vuelve un trabajo rítmico, casi hipnótico, que me ayuda a soportar el calor.
Reviso mis notas.
La Transporter sigue tragando kilómetros, pero el grupo empieza a parecerse a esas latas oxidadas de la choza: por fuera conservan la etiqueta, pero por dentro algo ha empezado a corromperse.