Cronología de las actas: 19 de septiembre de 1983
Incidencia documentada: Desaparición total del firme; acogimiento en rito nupcial tuareg; infracción deontológica y quebrantamiento de prohibición gráfica expresa
Atestado personal: Adrià Bonmatí
Capítulo 12: Los bárbaros del asfalto
Disponible: 31 de enero de 2027
Material audiovisual del capítulo en proceso de desclasificaciónHacia el Ahaggar · 19 de septiembre de 1983
El viaje continúa mientras la carretera se va deshaciendo literalmente ante nosotros. Los agujeros en el asfalto son ya tan profundos que la furgoneta entera cabría en algunos de ellos. Se vuelve imposible seguir por ella; tenemos que desviarnos por una pista sobre la arena que avanza en paralelo, un surco incierto que castiga la suspensión de la Transporter.
En pocas horas, el asfalto desaparece por completo. La carretera deja de existir. A partir de este momento, la ruta solo la señalan grandes bidones de gasolina —esos de doscientos litros— rellenos de cemento con un mástil de madera tosca en el centro.
—¿Por qué son tan altos estos palos? —pregunto mientras trato de no morderme la lengua con el traqueteo.
—Cuando el viento sopla, la arena llega a cubrir los bidones —responde Enric—. Esos mástiles son lo único que marca el rumbo.
Nadie hace más comentarios.
El desierto se abre como un mar dorado. Avanzamos durante horas mientras el sol empieza a caer por el poniente, a nuestra derecha. El color oro se va volviendo ámbar, lentamente.
Como si se tratara de un espejismo, engendrados por la arena y el calor, vemos aparecer en la lejanía a los integrantes de una caravana. Al acercarnos, la imagen cobra nitidez: camellos que se mecen con lentitud solemne, hombres cubiertos con túnicas de esos dos azules característicos, uno vibrante, el otro, profundo; mujeres envueltas en vestidos de colores vivos, violetas y morados de estampados enormes. Son los tuaregs. Su presencia parece detener el tiempo; cruzan nuestro camino con una indiferencia milenaria, como si nuestra furgoneta no fuera más que un insecto ruidoso y efímero en mitad de su eternidad.
—How fantastic! —murmura Margareth, pegada al cristal.
Al pasar junto a ellos, un anciano de trazos árabes y piel oscura, con turbante, nos hace señas. Detengo la furgoneta. Bajamos deslumbrados por la luz anaranjada del atardecer. El hombre sonríe y, con un gesto que no necesita traducción, nos invita a seguirlos. Se celebra una boda.
Nos conducen hasta un círculo de tiendas hechas de pieles. Los hombres se sientan en la arena a un lado y las mujeres al otro, dejando entre ambos un pasillo muy amplio por el que deben pasar los novios sobre sus camellos.
—Esto es increíble… —susurra Enric, acariciando la cámara como si fuera un fetiche.
—No —interviene el anciano con un francés rudimentario y un gesto firme—. Aquí, nada de fotos. Respeto.
Asiento y el doctor Miravalls hace lo mismo. Enric baja la mirada, incómodo. A mi lado, Margareth me lanza una mirada fugaz, una chispa de desaprobación tan rápida que dudo si la he visto. Después, con cierto reparo, se sienta al otro lado, entre las mujeres.
De pronto, un clamor recorre el campamento. Las mujeres inician un grito agudo y ancestral, un ulular constante, totalmente inesperado. Me quedo como hipnotizado por ese clamor femenino de las nómadas del desierto. Nunca he oído nada semejante; yo diría que es uno de los sonidos humanos más sobrecogedores, eléctricos y magnéticos del mundo. Esa salmodia antiquísima, un lamento de alegría pura, vibra en el aire con una fuerza física, como si el propio suelo de arena temblara bajo nuestros pies. Me estremezco. Es un sonido peculiarísimo, ajeno a Occidente, que parece invocar una felicidad primitiva y contagiosa.
Ovacionado por ese magnetismo sonoro que sube de tono hasta un volumen imposible, aparece el novio. Viste ropajes de colores, ajenos al blanco y azul tradicional tuareg, y avanza erguido sobre la montura de su camello despacio hasta el centro del escenario improvisado, donde se detiene. De inmediato entra la novia por el otro lado, montada en su propio camello, con un vestido de flores rojas y verdes que refulgen bajo el sol moribundo. Es el color de la vida. La montura de la novia avanza majestuosa hasta encontrarse en el centro del pasillo humano con el novio que, ennoblecido, la está esperando. En ese justo instante, cuando se encuentran, el clamor arrecia todavía más y el ulular se hace tan intenso que parece elevarnos en un éxtasis milenario.
El ulular sigue, victorioso. Es la alegría de un pueblo ante el enlace de dos de sus jóvenes; jóvenes que han esperado ese día, que han respetado a sus padres. Un canto a la fidelidad y al matrimonio. Con una elegancia pesada y compasada, los camellos inician una breve danza lenta, meciendo los cuellos al ritmo del grito femenino y del retumbar sordo de los tambores que los hombres golpean a este lado. Es un cortejo suspendido en el tiempo.
Poco a poco, las voces van parando, hasta que se hace el silencio. Un silencio total. Los novios intercambian unas palabras incomprensibles para nosotros, pero en las que se adivina una promesa de amor y fidelidad. Tras unos instantes de quietud solemne, el animal del novio gira con parsimonia y los dos juntos abandonan la escena, tragados por la multitud. Es en esta salida majestuosa cuando estalla, de nuevo, la vibración eléctrica de los gritos que no cesan. Se me clava tan adentro que intuyo que ese sonido limpio me acompañará siempre.
El aroma del cuscús llena el aire. Las mujeres han cavado un hoyo en la arena y cocinan sobre las brasas en grandes ollas de hierro. El vapor se mezcla con las especias. Comemos carne de camello, verduras al vapor y cuscús, aquella sémola ligera que parece absorber todo el sabor del desierto. Pienso en nuestras latas de conserva, en las sopas aguadas de sobre, y disfruto de cada bocado de ese cocido, sintiendo que, por fin, algo real me recorre el cuerpo.
La noche cae con esa rapidez súbita que solo el desierto posee. El ambiente se vuelve fresco, un contraste reparador tras el calor implacable que todavía late en la arena. Tras la cena, llegan los tambores. No son instrumentos refinados, sino cueros tensados que emiten un latido sordo y profundo que parece brotar de las entrañas de la tierra.
Los hombres empiezan a danzar en círculos rítmicos; sus túnicas ondean como sombras bajo las estrellas que ya incendian el cielo. No hay términos medios en sus vestiduras, solo la pureza de tres colores que se persiguen en el baile: el brillo eléctrico de los turquesas choca contra la sobriedad del azul oscuro, mientras los blancos más limpios se recortan sobre la profundidad del cielo nocturno. Es una geometría de telas que parece dictada por el propio desierto.
Me quedo hipnotizado por el movimiento, por ese latido que me hace olvidar, por un instante, que mañana debo seguir un viaje implacable.
Miro hacia el lado de las mujeres. Allí está Margareth. Se ha quitado las gafas de sol y la penumbra le devuelve una suavidad de la que no me había dado cuenta. Parece hipnotizada. Una mujer tuareg, mayor, le dice algo al oído y ella se ríe. Es una sonrisa de verdad, sin esa armadura de suficiencia de Harvard.
Por un momento, el doctor, Enric y los fraudes desaparecen. Solo existe este latido. Me dejo llevar.
Pero ese sosiego dura poco. A mi lado, Enric mantiene las manos inquietas sobre su mochila. El doctor, a su vez, observa la escena con una curiosidad clínica, calculando el impacto visual de aquel rito. Siento cómo el doctor le da un sutil toque con el codo al fotógrafo y le señala el baile con un leve movimiento de mentón. Es una orden muda, un pacto de rapiña que desarmará la prohibición del anciano. Me encuentro solo entre ellos y busco mi cuaderno.
Los tuaregs, que podrían parecer menos evolucionados bajo nuestra lupa europea, celebran lo más sagrado que poseen: la unión y la fidelidad. Nosotros, que nos creemos superiores, ya no tenemos nada sagrado: ni la unión ni la fidelidad. Las relaciones en la furgoneta son una muestra grotesca de ello.
De pronto, la música cesa. El anciano se levanta y se dirige a nosotros con tres vasos pequeños y una tetera de metal labrado.
—El té —susurra el doctor, tratando de cubrir la maniobra de su aliado—. Prepárate, Adrià. Esto también es un ritual.
El ulular de las mujeres aún resuena cuando veo el destello. Aprovechando la distracción del té y el amparo físico del doctor, Enric ha levantado la cámara y dispara una ráfaga de fotos, ansioso, como si temiera que la memoria se le escapara.
La rabia me quema, pero no digo nada. Cierro los ojos sintiéndome un traidor. Ellos nos han ofrecido su intimidad y nosotros les devolvemos este abuso. Los cánticos siguen, ajenos a la cámara que Enric continúa disparando a escondidas, pero yo ya no consigo disfrutar de la fiesta.
Pensamos que somos los civilizados. Hoy entiendo que somos los bárbaros. Quizás no nos han descubierto, pero el daño ya está hecho. No a ellos, que conservan su alegría, sino a nosotros mismos. Siento vergüenza de estar en el lado equivocado. Ellos mantienen su dignidad; nosotros la hemos perdido.
Cierro el cuaderno con brusquedad. El bullicio del festejo me resulta ya lejano. Empiezo a comprender que la verdadera distancia entre los hombres no se mide ni en el color de la piel ni en kilómetros, sino en la fidelidad a la palabra dada.
Una vez más paso la noche acostado en la arena, mirando este cielo estrellado, indescriptible y fantástico que me hace sentir minúsculo. Sé que algo profundo está cambiando en mí.