Cronología de las actas: Invierno de 2023
Pieza recuperada: Cuaderno de campo acolchado verde oliva (1983)
La subrogación del silencio
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Diligencia audiovisual en fase de catalogaciónNadie debería verse obligado a reconocer a un primo hermano bajo la luz implacable de un piso que ya no le pertenece a nadie. El inspector, un hombre con un traje demasiado estrecho para sus pretensiones, señalaba el cuerpo de Antonio como quien señala una mancha de humedad. Mi primo yacía en el suelo de la que había sido mi habitación, junto a una mesita volcada, con esa rigidez indigna que otorga la muerte violenta.
—¿El titular del contrato es un tal Adrià Bonmatí? —preguntó el inspector, consultando una carpeta.
Me apoyé en el marco de la puerta. Sentí un frío viejo en las piernas, el peso físico de un parentesco que durante años solo me había traído facturas, llamadas a deshora y reproches familiares. Antonio había sido nuestro torbellino privado, una pieza rota que se empeñó en destrozar su vida y la paciencia de los pocos que llevábamos su apellido. Pero verlo allí, reducido a un bulto que el forense rodeaba con tiza, me dejó un sabor amargo a ceniza y a fracaso en la boca. A pesar de todo, era mi sangre.
—Así es —respondí, escondiendo las manos temblorosas en los bolsillos del abrigo—. Eran sus abuelos quienes vivían aquí. Adrià subrogó el contrato hace muchos años, cuando estudiábamos. Vivimos juntos hasta que decidió que el mundo era demasiado pequeño para su angustia.
—¿Y dónde está ese Bonmatí? Habrá que notificarle el… incidente.
—Nadie lo sabe, inspector. Se fue a África hace cuarenta años. La última vez que supimos de él fue en el 84. Estaba en el Amazonas. Se esfumó junto a una mujer. Yo seguí aquí solo. Diez años después, mi primo estaba con problemas y se quedó aquí hasta hoy. Fue una manera de ayudarle, una obligación familiar que ahora termina de la peor forma posible.
El inspector asintió con desgana, más interesado en el rastro de los casquillos que en mi árbol genealógico. Me pidió que saliera del cuarto mientras terminaban de fotografiar la miseria de Antonio. Recorrí el largo pasillo y entré en la sala de estudio. Era el rincón que conservaba con más exactitud el ambiente de la persona que yo había sido. Allí, el tiempo no había corrido; se había podrido. El flexo de estudiante, aquel brazo de metal naranja que compartimos tantas noches de examen Adrià y yo, seguía en el mismo ángulo, fiel a su puesto, iluminando ahora solo el polvo acumulado sobre la misma enorme mesa de madera.
Recorrí con los dedos los lomos de la estantería. Allí seguían nuestros clásicos: las ediciones desgastadas de El Capital, los panfletos del PSUC y los ensayos de Gramsci que subrayábamos con la urgencia de quien va a cambiar el mundo mañana mismo. Me detuve en el volumen grueso y blanco del Ulisses de Joyce, la traducción al catalán de Joaquim Mallafrè que tanto habíamos consultado. Junto a ellos, los manuales de Biología de Adrià, llenos de esquemas celulares y nombres en latín, parecían la única parte sólida de una biblioteca que el tiempo había vuelto ingenua.
Movido por una curiosidad urgente, empecé a registrar los estantes bajos, tras los manuales de anatomía. Y allí, entre una caja de diapositivas y un viejo tomo polvoriento, vi un destello: un cuaderno de color verde oliva, acolchado, con un resto de pan de oro en el canto del bloque de páginas que brillaba tenuemente bajo la pátina del descuido.
Aparté la mano con rapidez, pero dejé el cuaderno allí, abierto por aquella misma página sobre el polvo de la mesa.