Cronología de las actas: 15 de septiembre de 1983
Incidencia documentada: Primer cruce sahariano a más de 45°C; sustracción de óptica fotográfica en repostaje
Atestado personal: Adrià Bonmatí
Capítulo 8: Los dos hemisferios de Marte
Disponible: 3 de enero de 2027
Material audiovisual del capítulo en proceso de desclasificaciónEl Gran Erg Occidental · 15 de septiembre de 1983
Viajamos toda la noche sin detenernos. No hay dónde hacerlo. El sol despunta rápido por el horizonte llano, exactamente a nuestra izquierda, como una enorme bola de cobre ardiente. En el cielo no hay ni una sola nube. Todo azul, impecable. Cero blanco. Hace horas que la carretera está vacía; no nos cruzamos con ningún vehículo. Estamos solos.
Con la salida del sol, el paisaje revela un mundo nuevo. El horizonte a cada lado es inmensamente plano, sin montes ni rocas. La carretera se extiende recta hasta perderse de vista. Todo lo demás ha desaparecido. No queda nada salvo la arena del desierto. Pura arena que no parece real. Es nuestro primer amanecer en el Sáhara.
Detengo la furgoneta a un lado y bajo. Necesito aire. El ambiente en la cabina es asfixiante y afuera todavía se siente el frescor del alba. Me planto en medio del asfalto y miro hacia la línea donde la arena cesa y empieza el cielo. Todo es nítido, sin neblina. Hacia atrás, lo mismo. La carretera se estira como una cicatriz gris sobre la superficie de la tierra, partiendo la nada en dos mitades exactas. Ni una sola casa, ni un arbusto seco, ni un poste eléctrico. Ni rastro de vida. Solo la geometría perfecta y aterradora del vacío.
Naciendo de la cicatriz del asfalto, la arena se extiende a los dos lados, interminable, fina y hermosa, con un color tostado que recuerda a la canela. Me giro noventa grados a mi derecha y sigo mirando el horizonte. Estoy dentro de una esfera magnífica: la mitad de abajo es lisa, de ese intenso color canela, mientras que la mitad de arriba, también lisa, es de un azul intenso. ¿Dónde está la división entre las dos mitades? Parece obvio, pero no lo es. Está a la altura de mis ojos. Si doy vueltas sobre mí mismo, observo algo sorprendente: el horizonte se vuelve circular, infinito. Repito: a la altura de mis ojos. Impresionante. Doy vueltas y vueltas, despacio. No termina nunca. Es la infinitud del círculo. Esta perfección geométrica resulta sobrecogedora; la constatación de la potencia de la evolución de la materia y de la física de la Tierra para regalarnos semejante simetría.
Me acuerdo de las dos mitades de la misma naranja de las que hablaba a Úrsula para mostrarle mi amor. Siento su falta casi con angustia, como si la inmensidad de este vacío solo sirviera para medir la distancia exacta que me separa de su cuerpo.
En algún lugar nos han advertido en francés de lo que ahora me parece una premonición: «Il y a beaucoup de sable! Beaucoup de sable». Sable es arena en francés. Beaucoup es mucha. Realmente hay mucha. Beaucoup de sable. Presiento que será nuestra compañera durante más de un mes. Se colará por nuestra ropa, en los zapatos, se mezclará con los macarrones de Margareth, entrará en la sopa, en los ojos, en los oídos… Incluso sentiremos su sabor seco y mineral. Es la arena del Sáhara, majestuosa y solemne, enigmática y hermosa, pero amenazante cuando el viento la levanta en remolinos. Parece un océano sólido bajo un cielo de un azul insultante. Tengo la sensación de estar en otro planeta. Esto parece Marte.
Los dos que han dormido en la litera de arriba se despiertan y salen a desperezarse. Después, con lentitud, lo hace Margareth. Enric, admirado por el espectáculo, dispara fotos sin descanso. El doctor, muy serio, con el gesto lento de quien no ha descansado y se siente vulnerable, mira al horizonte como un conquistador cansado.
Yo tampoco tengo la cabeza clara. ¿Me ha confesado Margareth que su pareja la ha dejado por el fotógrafo? ¿Lo he entendido bien? ¿Es posible? Por otro lado, ¿qué hace Enric durmiendo arriba con el doctor?
Desde mi perspectiva, modelada por la libertad de las relaciones compartidas y en el frío materialismo biológico, el asunto no debería escandalizarme. La naturaleza no entiende de contratos morales ni de fidelidades burguesas; la selección natural es pragmática y favorece siempre al espécimen que mejor asegura la supervivencia del grupo o el éxito de la prole. Si el doctor Miravalls ha desplazado a Margareth de su lado es porque, simplemente, a los ojos del doctor, ella ha perdido la luz que emanaba en los campus de Harvard, tal como ella misma acaba de confesarme: «En Estados Unidos yo tenía un lugar, una voz». Lejos de sus aulas, de sus mapas limpios y de su estatus nativo, la geóloga camina aquí sobre arenas movedizas que han desdibujado su personalidad. Pensándolo bien, es un proceso biológico elemental: es como el vuelo libre y majestuoso de un águila que, al quedar confinada tras las mallas metálicas de un zoológico, pierde de golpe toda su soberbia y se convierte en una figura patética, despojada de su elegancia.
Enric, en cambio, es menos sentimental; exige menos, por no decir nada. Es el portador del relato, el aliado simpático, el hombre con la cámara que blindará la gloria del director en Barcelona. Es una sustitución adaptativa, pura selección sociológica donde vence el más útil para el ecosistema del mando. Sin embargo, ver la frialdad con la que se ejecuta el descarte, sin un ápice de humanidad, me deja un sabor amargo que ninguna teoría consigue diluir.
Me asalta un pensamiento absurdo: escapar corriendo hacia el norte, de vuelta a casa. Correr y correr, gritando y riendo: «¡Aquí sus quedáis!». Y hacerles pam i pipa, como un niño travieso. ¿Por qué no me habré quedado en Girona? Mi decisión de viajar ha sido, desde su propio nacimiento, una locura que me golpea con la fuerza de este sol despiadado. Los ojos verdosos de Úrsula, encendidos por esos destellos de ámbar cambiante que aparecen a la luz del verano, se me muestran nítidos. Un dolor punzante me sacude el pecho. Qué nostalgia. Qué locura haberla dejado.
Seguimos andando por la cicatriz de asfalto, circundados por un llano interminable de un tono cobrizo que parece haber sido cocido al horno. El calor no tarda en adueñarse de la Volkswagen. A medida que el sol trepa por el cielo, el metal de la carrocería empieza a crujir, dilatándose bajo una temperatura que ya no es meteorología, sino una agresión física. El asfalto, esa cicatriz que nos mantenía unidos a la civilización, empieza a ondularse bajo el efecto del espejismo.
—No miréis fijamente a la carretera —advierte el doctor desde atrás, con una voz que suena pastosa, agotada—. El cerebro busca patrones donde no los hay. Veréis agua, veréis oasis, palmeras... No es real. Es solo el aire hirviendo sobre el alquitrán.
Yo asiento, pero mis ojos no pueden evitar buscar esa humedad inexistente en el horizonte. Se extienden allí delante como pequeños lagos alargados, de un azul idéntico al del cielo, una promesa líquida que parece esperarnos; sin embargo, a medida que nos acercamos, el agua se desvanece en la nada solo para renacer un poco más allá, en una sucesión interminable. Margareth se ha puesto un pañuelo de seda que le cubre parte del rostro, dejándole solo los ojos a la vista. Parece una figura de otro tiempo, una exploradora que ha comprendido antes que yo que aquí la piel es una debilidad adaptativa.
Enric, en cambio, parece alimentarse del calor. Se asoma por la ventanilla con su cámara, buscando el ángulo donde la arena parece devorar la carretera.
—¡Mirad eso! —exclama señalando unas dunas que empiezan a invadir el asfalto—. El desierto está recuperando lo suyo. Esta carretera durará poco tiempo. La arena lo cubrirá todo.
Nadie le contesta. En la cabina solo queda el silbido del viento contra los retrovisores y el ronroneo monótono del motor. Me pregunto si el doctor y Enric han hablado de lo que yo sospecho, o si su cercanía en la litera es solo una cuestión de espacio, de supervivencia. Casi seguro que se trata de una simple locura emanada del alcohol. Pero la mirada de Margareth, perdida en la inmensidad, me dice que ella siente que algo se ha roto definitivamente entre nosotros cuatro.
De repente, un remolino de arena cruza la carretera justo delante de nosotros. Es pequeño, una columna de polvo que baila con una elegancia aterradora antes de deshacerse contra el parabrisas. «Beaucoup de sable», murmuro para mis adentros.
El calor sube con rapidez y cerramos las ventanillas para evitar que la arena invada la furgoneta. El aire se vuelve pesado, casi irrespirable. La ventilación del salpicadero escupe un chorro de fuego y polvo que nos quema la cara. Hay que cerrarla. Para poder beber recurrimos al viejo truco de las expediciones: colgar del retrovisor una cantimplora envuelta en trapos mojados, en el lado de la sombra. El aire, al golpear la tela húmeda, roba el calor del metal por evaporación. Es la única forma de que el agua sea soportable; un proceso físico impecable en medio de este horno que ya ha pasado de los cuarenta y cinco grados. La de los depósitos del techo ya debe de estar hirviendo. Sin embargo, al mediodía, el sol cae tan vertical que la sombra se refugia bajo el chasis y nos deja desprotegidos. El agua de la cantimplora se rinde y se convierte en un caldo imbebible.
Conducimos todo el día, turnándonos al volante, cada vez más agotados y conscientes de que nos alejamos de cualquier referencia conocida. El desierto no tiene bordes.
Llegamos, por fin, a la primera parada obligatoria: Ghardaïa. Es un lugar recóndito, detenido en el tiempo; la ciudad más importante del valle del M’Zab que parece brotar de la roca como un panal de abejas. Las casas de adobe ocre y blanco trepan por la colina en círculos concéntricos, fundiéndose unas con otras bajo el mismo color de la tierra. Un minarete piramidal, estrecho y severo, domina el conjunto como un dedo señalando un cielo implacable. En las sombras de los callejones, que parecen grietas en el barro, varios hombres con túnicas blancas mascan tabaco mientras nos observan con una calma distante. Nadie sonríe. Nadie nos da la bienvenida. El aire aquí huele a especias viejas, a excremento de camello y a polvo seco.
Aparcamos junto a una gasolinera precaria. Llenamos de gasóleo los tanques y reponemos hasta el último litro de agua de los depósitos del techo, conscientes de que cada gota es ahora un seguro de vida. Margareth y yo nos quedamos solos un rato vigilando la carga mientras los otros dos hacen compras rápidas. Ella está sentada sobre una plataforma de hierro. Tiene su carpeta abierta, pero solo traza líneas sin forma en el papel, con gesto ausente.
—Adrià —susurra sin levantar la vista—, olvida todo lo que te he dicho esta noche.
Su voz suena tensa, envuelta en una coraza de orgullo frágil con la que intenta maquillar su humillación. Evita mirarme, fingiendo una concentración absoluta en sus dibujos, pero el temblor de la punta de su lápiz delata la indignación contenida que la devora por dentro. Antes de que yo consiga articular palabra, el sonido de unas botas sobre la grava interrumpe el momento. Regresan ellos con bolsas en las manos, alegres y victoriosos.
—Pere —dice Enric—, ¿te has fijado en que el billete con el que hemos pagado tiene el grabado de un antílope? Parece una pintura rupestre.
—¡Muy bien observado! —responde el doctor, exultante—. Es el famoso antílope durmiente del Tassili n’Ajjer. Lo veremos al natural en unos días. Ese animal es un icono, Enric.
Miravalls le sonríe con una complacencia exagerada, palmeándole la espalda mientras ignora deliberadamente la silueta de Margareth, como si la geóloga hubiera dejado de existir en su plano de la realidad. Ella aprieta los labios y cierra la carpeta con un golpe seco, incapaz de disimular por más tiempo el desprecio y la desesperación que le provoca ese compadreo ruidoso y cruel.
Es curioso cómo el doctor Miravalls encuentra la grandeza en un billete manoseado y sucio de mil dinares, pero es incapaz de verla en la mujer que tiene delante.
Por la noche acampamos cerca de la gasolinera. Margareth enciende la cocina y prepara arroz con verduras en conserva. Enric revisa su equipo hasta que suelta una maldición.
—Me han robado una de las lentes. Estaba en mi mochila.
Nos miramos. Nadie se sorprende demasiado. El desierto ya ha empezado a cobrarse su parte.