Cronología de las actas: Noche del 17 de septiembre de 1983
Incidencias documentadas: Control armado irregular en pista; pago de extorsión en divisa extranjera; debate sobre fraude paleontológico
Atestado personal: Adrià Bonmatí
Capítulo 10: El fin justifica el trazo
Disponible: 17 de enero de 2027
Material audiovisual del capítulo en proceso de desclasificaciónHacia In Salah, Sáhara · 17 de septiembre de 1983
La Volkswagen avanza bajo un cielo que parece no tener fin. La oscuridad se compacta y las estrellas brillan con una nitidez sobrecogedora, como si el Sáhara hubiera purificado la atmósfera de cualquier impureza. Conduzco atento al asfalto, que se desdibuja entre las lenguas de arena que empiezan a invadir la calzada. Las ruedas delanteras de la furgoneta, tan joven y fuerte, muerden con un crujido seco los pequeños montones de sílice que el viento cruza en la ruta. A mi derecha, el doctor Miravalls permanece con los brazos cruzados y la mirada fija en el horizonte.
A pesar de sus líos personales, estar a su lado me infunde seguridad. Lo veo como un hombre de ciencia victorioso. Es catalán, como yo, y ha triunfado en Harvard. Estoy seguro de que esta expedición junto a él podrá catapultarme también a un lugar de honor. Mi experiencia en el Ateneu de Girona ha sido modesta, con pocas charlas que no llenaron ni la mitad de la sala, pero en mí hay un potencial que todavía nadie ha conseguido verificar.
Sin embargo, el pragmatismo que lo gobierna todo en este viaje me resulta inquietante. Desde la fría óptica materialista y biológica que me enseñaron en la facultad, la naturaleza no entiende de piedad ni de justicia; la selección natural es amoral, utilitaria y premia siempre al espécimen más apto, al que mejor se adapta o al que resulta más útil para el éxito de la prole. Si extrapolamos esa ley a nuestras dinámicas humanas, todo se reduce a una descarnada lucha donde vence el más fuerte, el más sibilino o el más guapo. Necesito que la ciencia me rescate de ese cinismo. Necesito que el doctor me tranquilice y me demuestre que el conocimiento puro está por encima de las conveniencias personales. ¿Es lícito torcer la realidad en beneficio de una causa mayor? ¿Es necesario mentir para defender la verdad?
—Doctor… —rompo la quietud con tono tímido, elevando la voz por encima del ronroneo monótono del motor bóxer que empuja desde la parte trasera de la Transporter—. ¿Usted cree que la ciencia lo explica todo?
—No me hagas tan viejo, muchacho. Puedes llamarme de tú —me dice cordial. Gira la cabeza con lentitud y arquea las cejas—. Pero… ¿a qué te refieres exactamente?
Me costará lo del tú. Me enseñaron a hablar de usted a las personas mayores, y más si son catedráticos.
—Quiero decir… A veces siento que en la ciencia hay una especie de fe. Yo mismo sostengo la Evolución como algo indiscutible, pero no sé si es tan sólida como la enseñan los manuales. ¿Sería honesto usar exageraciones para justificar una verdad?
El doctor suspira. Se acomoda en el asiento y busca las palabras con un peso que no le conocía. Saca un paquete de tabaco del bolsillo de la camisa y hace estallar el capuchón de su Dupont de plata; la llama de gas, limpia y silenciosa, ilumina por un segundo sus facciones severas, recortando los contornos encrespados de su barba densa y cana, antes de que la cabina vuelva a quedar a oscuras.
—Mira, Adrià… Llevo más de treinta años en este oficio. He visto maravillas, pero también chapuzas y fraudes disfrazados de rigor. En Harvard lo aprendí pronto: no todo artículo en Nature es impecable. —Suelta una bocanada de humo que el soplador del salpicadero dispersa de inmediato—. A veces se imprimen porque hay ciertos nombres detrás o porque alimentan una narrativa necesaria.
—¿Está diciendo que incluso los estudios prestigiosos pueden ser falsos?
—No necesariamente falsos —responde, mientras la furgoneta da un leve bandazo al encajar un bache en el asfalto desportillado—, pero sí inflados. Sesgados. La presión por destacar o conseguir fondos lleva a muchos al borde del precipicio. Y algunos saltan.
Callo, incómodo. Esperaba una defensa apasionada de la Teoría y el doctor me muestra un mundo de grises. Parece estar entregándome, sin saberlo, la licencia para dar por bueno su informe alterado sobre el yacimiento que no vimos.
—Te pondré un ejemplo, Adrià: el Hombre de Piltdown.
El nombre me suena de alguna clase de la facultad, una referencia lejana que nunca llegamos a profundizar, así que me limito a oír.
—Fue en 1912, en Inglaterra. Un abogado aficionado a la arqueología anunció que había encontrado restos fósiles en Sussex. Eran fragmentos de un cráneo humano combinados con una mandíbula de aspecto simiesco. Era el sueño de todos: el ansiado eslabón perdido entre el simio y el hombre.
—¿Y no era real? —pregunto incrédulo.
—Escucha. En aquella época, Europa necesitaba su propio fósil. Asia y África empezaban a ofrecer hallazgos cruciales y en Inglaterra el orgullo estaba herido. —El doctor apoya una mano en el salpicadero acolchado para mantener el equilibrio mientras la Transporter acomete una rampa pronunciada, obligándome a reducir a tercera. El motor ruge a nuestras espaldas con un eco metálico—. La comunidad científica británica abrazó a Piltdown con entusiasmo. Durante cuarenta años se enseñó en universidades y conferencias. Se incluyó en los manuales escolares de todo el mundo. ¡Cuatro décadas, Adrià! Se publicaron centenares de artículos. El Hombre de Piltdown se aceptó como la prueba contundente de la Evolución, el puente definitivo entre nuestros ancestros y nosotros.
El doctor hace una pausa. Nunca me han contado esta historia en la facultad. Piltdown siempre ha sido una nota al pie, un error menor, pero escucharlo así, de boca de mi mentor, suena a algo mucho más oscuro.
—Pero en los años cincuenta —continúa el doctor Miravalls, bajando la ventanilla apenas un dedo para soltar la ceniza; el viento del desierto silba de golpe en la ranura—, tras una creciente presión para que otros especialistas examinaran los fósiles, se realizaron análisis químicos más rigurosos. Entonces se descubrió la verdad: todo era un fraude. El cráneo era humano, de apenas seiscientos años, robado de un cementerio. La mandíbula pertenecía a un orangután. Los dientes habían sido limados con herramientas metálicas para que encajaran, y los huesos, teñidos químicamente para simular antigüedad. Fue un engaño deliberado y meticuloso.
—No puedo creerlo, doctor. ¿Nadie lo vio antes?
—No. O, mejor dicho, nadie quiso verlo. —El doctor da una última calada y apaga la colilla en el cenicero del salpicadero con un golpe seco—. El sesgo y el deseo de que fuera cierto cegaron a generaciones enteras de investigadores. El nacionalismo científico jugó su papel: Inglaterra necesitaba su fósil y lo aceptó sin dudar. Ese es el peligro, Adrià. La ciencia no es una religión ni una verdad revelada. Es un método. Y como todo método, depende de quienes lo usan. Los humanos somos falibles e incluso corruptibles.
—Pero ese debe de ser un caso aislado, ¿no?
—Hijo mío, lamentablemente hay más. Algunos nacen del error, otros del exceso de entusiasmo y unos pocos del fraude puro y duro. La frontera se difumina cuando uno solo quiere ver lo que desea encontrar.
—Equivocarse es una cosa, doctor. El fraude es otra —protesto.
—Permíteme otro ejemplo y tú decides. —Se cruza de brazos otra vez, estirando las piernas en el habitáculo delantero, amplio y libre de la paliza del motor—. Antes de que se destapara el engaño de Piltdown, apareció en Estados Unidos un supuesto homínido: el Hombre de Nebraska. La prensa publicó titulares grandilocuentes. ¡América ya tenía su propio ancestro! Las revistas mostraban dibujos de un ser caminando con actitud simiesca en escenas completas: la hembra junto a un río, la vegetación del Mioceno al fondo… Pura imaginación presentada como rigor científico.
—Algo recuerdo, pero muy vagamente —musito.
—Es normal, actualmente apenas se menciona. ¿Sabes qué se encontró realmente de ese eslabón perdido?
—Ni idea.
—Un diente —dice el doctor Miravalls, dejando caer la palabra como una piedra.
—¿Solo un diente?
—Lo que oyes, joven explorador. —El doctor interrumpe su frase y se queda mirando fijamente a la carretera. Hay algo incierto en la ruta. Un instante después, el haz de los faros recorta las costillas blancas de un animal muerto a un lado del asfalto; la furgoneta lo adelanta por la izquierda y la recta vuelve a quedar limpia. Yo reanudo la conversación; no quiero perder el hilo—. Pero en la academia, en los grandes museos… aquello no se aceptó, ¿verdad?
El doctor suspira.
—Ahí reside lo interesante. El hallazgo fue respaldado por Henry F. Osborn, presidente del Museo Americano de Historia Natural, una autoridad indiscutible de la época. El mismo que, por cierto, había dado respetabilidad al Hombre de Piltdown. Recuerda que entonces nadie sabía que aquello era un fraude. Osborn tenía prestigio y su palabra arrastraba a muchos.
—Pero no tiene sentido —digo incrédulo—. ¿Cómo pudieron validar un homínido basándose en un solo diente? Si usted fuera creacionista, pensaría que está exagerando y que intenta tomarme el pelo.
—Tranquilo, hombre —responde con una sonrisa cansada—. Si quieres dedicarte a la ciencia, tendrás que asumir que estas cosas pasan. La ciencia progresa rectificando. A veces, rectificando mucho. ¿Quieres saber en qué acabó todo?
—Sí, por favor. Perdone mi ímpetu.
—Sin problema. Pocos años después, en la revista Science, se publicó el desenlace: el diente del Hombre de Nebraska no era humano.
Me incliné hacia delante.
—Si no era humano… ¿qué era entonces?
—El molar de un pecarí. Un cerdo salvaje de las praderas norteamericanas.
Trago saliva. El respeto que le tengo me impide replicar, pero la incomodidad me arde en el pecho. Intento no pensar en nada. Miro fijamente la carretera. Oigo el rugido constante del motor y el golpeteo rítmico de las ruedas sobre el asfalto irregular. Viajamos así un buen rato, sin decir palabra. El doctor, a mi lado, termina por quedarse dormido.
A solas con el asfalto, las palabras del doctor me queman por dentro. Siento una necesidad casi infantil de rebelarme contra lo que me huele a cinismo. Me acuerdo de Albert, de nuestras discusiones en Girona, y de cómo defendí ante él, con fervor de converso, el hallazgo del Hombre de Orce en Granada. Para mí, Orce es la respuesta limpia, la prueba de que la ciencia de nuestra tierra es rigurosa y no necesita los trucos de Inglaterra o América. Pero la duda, una vez sembrada, es un parásito implacable. Si eminencias de Harvard y del Museo Americano se tragaron un diente de cerdo y un cráneo remendado durante décadas... ¿quién me asegura a mí que el fragmento de cráneo de Venta Micena es realmente el primer europeo? ¿Y si lo que yo creo una verdad sagrada es solo otra narrativa necesaria?
La carretera sigue recta, perdiéndose en una oscuridad absoluta. Avanzamos guiados únicamente por los faros y, muy de vez en cuando, un coche aparece en sentido contrario como un resplandor fugaz en mitad de la nada. Mi cabeza bulle, tratando de encajar toda esa información. Me pregunto cuántas de las verdades que llevo en mi mochila son, en realidad, dibujos retocados o dientes de cerdo teñidos de viejo.
Sigo así muchos kilómetros. De pronto, en un ligero cambio de rasante, unos destellos cortan la negrura. Luces potentes en mitad de la pista. Un control militar.
—Doctor —digo, tratando de contener el miedo.
Miravalls se despierta sobresaltado.
—Despacio —murmura—. Muy despacio.
Detengo la furgoneta. Un hombre golpea la chapa con la culata del fusil.
—Papiers! —grita.
Una linterna barre el interior, deslumbrándonos. Veo a Enric cómo parpadea en la litera de arriba y Margareth, en la de abajo, se incorpora sobresaltada. La luz se detiene en cada rostro como si buscara una señal de culpa. Enric susurra:
—Esto no es oficial. Quieren dinero.
Un guardia rodea el vehículo como un chacal. Señala los depósitos del techo con el arma.
—Gasoil! —ordena.
El doctor dice en voz alta:
—¡No! No es posible. Necesitamos el gasóleo.
Entonces él baja su ventanilla y llama al hombre con un gesto. Le tiende un billete de cincuenta dólares. El miliciano lo observa un instante antes de responder en francés:
—C'est peu.
El doctor entrega el segundo billete sin pestañear. El hombre los dobla y se los guarda en el bolsillo antes de dar la orden. La barrera se levanta. Arrancamos de nuevo y nos alejamos. Nadie habla. Solo el motor rompe la pesadez del ambiente. Miravalls murmura:
—En el desierto, la ley no siempre está de nuestro lado.
Enric toma el volante y continuamos la marcha. Decido no acostarme. Me encajo en un rincón estrecho, entre las cajas de equipo y el metal vibrante de la carrocería, y abro mi cuaderno. Es el único lugar donde todavía puedo mantener el rigor. El rugido del motor me atraviesa los oídos, pero es el eco de las palabras del doctor lo que de verdad me mantiene en vela. ¿Un diente de cerdo? Siento una punzada de náuseas. Me viene a la mente una clase de segundo de facultad. El profesor nos mostraba los dibujos de los embriones de Haeckel, esas láminas donde se ve que todos fuimos peces durante nuestro desarrollo en el seno materno. Alguien preguntó por la exactitud de los trazos y el profesor soltó una sonrisa cínica: «Miren, Haeckel ayudó un poco a los embriones con sus pinceles para que se parecieran entre sí. No sean puristas. Es una licencia didáctica útil. El fin justifica el trazo».
En aquel momento todos reímos. Me pareció una trampa inofensiva para ayudar a la «verdad». Pero aquí, en mitad del Sáhara, esa licencia ha perdido su gracia, y me parece más una estafa que un chiste.
Espero que el desierto sea más honesto que los museos y más transparente que mis profesores. Mañana seguimos hacia In Salah, el tercer estrato de nuestra supervivencia.