Cronología de las actas: 18 de septiembre de 1983 (Amanecer)
Evidencia epistolar: Carta manuscrita a Úrsula en las páginas del cuaderno verde; pernocta a la intemperie
Atestado personal: Adrià Bonmatí
Capítulo 11: Setenta y ocho escalones
Disponible: 24 de enero de 2027
Material audiovisual del capítulo en proceso de desclasificaciónIn Salah, Sáhara · 18 de septiembre de 1983
El doctor nos informó que In Salah es famoso por ser el punto más tórrido del Sáhara, capaz de alcanzar los 50°C a la sombra. Nos explica, como si nada, que a partir de esa temperatura el cuerpo humano deja de refrigerarse y empieza a «cocinarse». La llegada a ese oasis tiene algo de irreal. La carretera desemboca en un arco de barro enorme bajo el cual pasamos como si atravesáramos la puerta de un mundo detenido. Más allá, el poblado se despliega en un laberinto de callejuelas polvorientas, casas de adobe encaladas y patios escondidos donde asoman palmeras cargadas de dátiles.
Los llamados hombres azules del desierto se mueven con una calma ancestral. Visten túnicas largas y un turbante azul oscuro o un azul turquesa muy vivo que les cubre el rostro, dejando solo los ojos a la vista. Sus camellos se mecen como barcas de vela al ritmo de la arena. Hay un aire enigmático en todo esto, como si el pueblo no perteneciera al mapa moderno, sino a una historia milenaria que todavía respira.
Pasaré la noche a la intemperie. He decidido que no volveré a dormir confinado en la furgoneta; necesito que el aire circule entre mis pensamientos y los de los demás. Me tumbo sobre el suelo, en un rincón donde la arena de In Salah, fina como el polvo de ladrillo, conserva todavía el latido del calor del día. Una colcha raída me sirve de colchón y, a ratos, de sábana ligera.
Antes de que amanezca, cuando el aire todavía conserva un resto de frescor y permite respirar con claridad, abro mi cuaderno. La quietud es absoluta, apenas rota por el balido lejano de alguna cabra y el primer canto de un gallo que suena a metal oxidado. Necesito escribir para ordenar el caos que llevo dentro.
Queridísima Úrsula:
Hoy necesito escribirte. No sé si lo hago para pedirte perdón o para no perderme a mí mismo en mitad de esta nada. La otra noche, Margareth durmió a mi lado. Fue empujada por el desdén del doctor, quien la rechaza estos últimos días de una forma que ni siquiera me atrevo a detallar. Ella buscó refugio en mí. Estaba alterada, herida. No hubo más que abrazos y besos que yo mismo detuve, pero aun así me invade una culpa extraña, como si hubiera profanado algo sagrado. Perdóname.
Contigo he conocido el amor verdadero y de eso, al menos, estoy seguro. Antes de que llegaras a mi vida, pensaba que el afecto no era más que química: neurotransmisores y procesos biológicos necesarios. Yo mismo era un defensor de las amistades abiertas; fue así como nos conocimos. Nunca he creído en la exclusividad ni en los papeles firmados, pero contigo aspiro a algo más alto. Algo que era imposible antes de ti y que, como un sueño de poeta, me hace creer que este verano del 83 todo ha cambiado.
No permitiré que este amor se marchite por un desahogo pasajero en una noche de desierto, ni por la confusión de una mujer que, al verse traicionada, busca desesperadamente un espejo donde sentirse todavía bella.
Te recuerdo ahora bajo este cielo de In Salah. Me viene a la mente aquella tarde de primavera en el centro de Girona, hace apenas cuatro meses. Nunca me ha gustado ir de compras, pero me convenciste de que necesitaba renovar mi vestuario. Me sentía torpe entre perchas y espejos, mientras tú reías con esa alegría casi infantil, escogiéndome camisas y pantalones. Me decías que me faltaba gusto, que los hombres no sabemos cuidarnos. Incluso conseguiste que me comprara estos pantalones de algodón fino, de un tono pastel que me pareció cursi, casi afeminado para lo que yo solía llevar. «Te dan luz», me dijiste. Yo fingía protestar, pero por dentro me deleitaba viendo cómo tomabas las riendas. Eres única, Úrsula. Ahora, mientras escribo sobre la arena, noto el tacto suave de esa tela contra mi piel; un tejido demasiado fino para la dureza de este desierto, pero es lo único que me queda de tu risa en medio de este vacío.
Recuerdo que después insistí en acompañarte hasta tu buhardilla solitaria en el casco viejo. Te negaste de forma rotunda. Esa actitud me atrajo: vi temperamento en ti. Terminamos frente a tu portal entre bromas y tus teorías sobre por qué Kafka saboteaba sus propios noviazgos por puro pánico a la felicidad. Buscaste las llaves en tu enorme bolso de paja y entonces yo, sorprendido al verte tan radiante, te dije:
—No entiendo por qué Albert dice que eres una persona fría y seria.
Tú me miraste con picardía:
—Es que Albert nunca supo hacerme reír así.
No nos habíamos dado ni un solo beso. Ni siquiera nos habíamos cogido de la mano, más allá de algún roce involuntario —pero evidente, eléctrico— en las tiendas. Nunca había experimentado esa conexión. Pero era real. Tan real que me duele recordarlo.
Éramos amigos, pero yo me preguntaba qué era aquello que me robaba el aire. Intentaba descartarlo: «No, es la ilusión del inicio, después viene el desencanto». Pero volvía a sentir que contigo estaba ante algo definitivo.
Aquí está amaneciendo. Veo la furgoneta aparcada junto a un viejo surtidor. Dentro, tres personas duermen en literas estrechas. El aire está viciado no solo por el calor y el sudor, sino por resentimientos y secretos. No quiero estar aquí. Quiero estar contigo. Si no fuera por este afán de confirmar mis convicciones, por esta especie de destino que me impulsó a esta expedición, nunca me habría ido de Girona. Hoy lo he pensado muy fuerte, Úrsula: ahora mismo saldría corriendo, cruzaría el Estrecho a nado y subiría los setenta y ocho escalones de tu edificio para decirte: «Estimada, ja sóc aquí».
Sé que es imposible retroceder, pero me comprometo ante ti: no volveré a dormir dentro de esa furgoneta. Pienso en tu mirada, con esos ojos verdosos donde la luz hace cambiar el paisaje; esos destellos de ámbar, como un fuego silencioso que refleja tu ser más profundo y que tanto me fascinan, y en esa maravillosa red de arrugas que se te dibuja junto a los ojos cuando ríes, pequeños surcos de felicidad que son la única geometría que de verdad me alegra la existencia. Tu voz… tiene la cadencia de aquella lluvia mansa sobre los tejados de pizarra. Seguro que te acuerdas. Te llamaba a menudo sin tener nada que decirte, solo por el empeño de escucharla. Y cuando nos encontrábamos, te pedía una y otra vez que hablaras, mientras yo cerraba los ojos para oírte mejor. Pronto descubrí en ti ese orgullo callado: te bastaba oírme suplicar para encerrarte, sin que yo consiguiera entender el porqué, en tu mudez. Sin embargo, hubo dos veces en que aceptaste ceder. Una vez fue en ese tesoro de piedra llamado Anciles, al lado de Benasque; la otra fue al otro lado de los Pirineos, ya en Francia. Nos escapamos ese verano. ¿Cuándo podremos volver a escaparnos?
Lloro en secreto mientras escribo estas palabras que no sé cuándo llegarán a ti. Te amo, Úrsula. Espérame. Por favor, espérame. Volveré para siempre.