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Demarcación: Muelle y aduana del Puerto de Ceuta · Estrecho de Gibraltar
Cronología de las actas: 5 de septiembre de 1983
Instrumental y piezas: Cuaderno de campo acolchado verde oliva, estilográfica de plata, guitarra con funda remendada, ejemplar de El tiempo recobrado
Atestado personal: Adrià Bonmatí
El Testamento Verde · Parte I: Registro de campo

Capítulo 01-B: El cuaderno verde oliva

Cuaderno verde, guitarra remendada y butaca de cubierta en el Estrecho de Gibraltar, 1983
DILIGENCIA FOTOGRÁFICA · CRUZANDO EL ESTRECHO DE GIBRALTAR EN EL FERRY CAMINO A CEUTA (5 DE SEPTIEMBRE DE 1983)

El Estrecho de Gibraltar · 5 de septiembre de 1983

A mis pies, protegida solo por una funda raída que Úrsula me ayudó a remendar, descansa mi guitarra. El doctor la miró al subir a la Volkswagen Transporter en Girona con una mezcla de lástima y sarcasmo, como si llevara un fardo de leña inútil. No entiende que, en los mapas que él maneja, haya lugar para la melodía que me mantiene unido a la tierra. Para él, cada gramo de peso debe ser funcional. Para mí, esa caja de madera es el único pulmón que me permitirá respirar cuando el aire se vuelva demasiado denso de ciencia y desierto. Finalmente, con una palmada en mi hombro, aceptó mi guitarra en nuestro equipaje.

Me siento en una cómoda butaca blanca de cubierta y cierro los ojos. El motor ruge. El eco de lo que Úrsula me dijo en el umbral todavía vibra en mis oídos. Pero aquí, con el olor a sal y el inicio de un nuevo continente frente a mí, me obligo a creer esa promesa: «Aquí empieza, de verdad, mi vida».

* * *

Puerto de Ceuta · 5 de septiembre de 1983

El ferry ha bajado la rampa con un estruendo metálico que me ha parecido un veredicto. Ya está. Hemos cruzado. He observado al doctor y a la geóloga avanzar por el muelle. Caminaban muy juntos, en un silencio compartido que parecía excluir al resto del mundo. Nuestra reluciente furgoneta azul turquesa ha salido del barco poco después. Rodaba por el muelle con Enric al volante. Nos hemos reído los cuatro, excitados por el olor a salitre y gasoil, con esa alegría nerviosa de los que acaban de romper amarras.

He abierto por segunda vez este elegante cuaderno, todavía intacto. Fue el regalo de una amiga —para ser sincero, no me acuerdo cuál— y lo había guardado en su celofán original durante años, esperando el momento. Necesito fijar algunos detalles antes de que el desierto lo apague todo. España ha quedado atrás como una postal que ya no me pertenece. Ahora nos espera la frontera. Dicen que ahí empieza la verdad, pero de momento solo vemos aduaneros que piden cigarrillos y un sol que parece querer castigarnos por nuestra pretensión.

Escribo las primeras líneas. Me gusta ver cómo la tinta negra se desliza por el papel de calidad sin emborronarse. El trazo es firme, preciso, casi desafiante. En este mundo de polvo y fango que empiezo a recorrer, sentir este tacto sólido entre mis dedos es como un fiel escudo que levanto contra el caos que se avecina.

Úrsula me dio aquel libro de Proust antes de salir. Es el último de la serie de En busca del tiempo perdido. No lo he abierto. No puedo. Leer sobre el tiempo perdido cuando siento que el mío acaba de empezar a correr en contra sería un masoquismo que no me permito. Siete tomos para un viaje, y ella eligió el último: El tiempo recobrado. Lo he guardado en el fondo de la mochila, envuelto en una bolsa de plástico para protegerlo de la humedad que me espera.

Durante los tres meses y medio de nuestro intenso amor, la sombra de este viaje nos acompañó a todas partes, como un tercer pasajero silencioso. Ella se mantuvo neutra, sin ejercer presión alguna. Al acercarse septiembre, llegué a pensar en desistir por ella. Pero comprendí que esa renuncia terminaría envenenando el amor tan puro que acababa de nacer.

Un día hablé con Enric. No esperé a que él regresara a Girona después de su jornada de trabajo; yo mismo bajé hasta el campus de Bellaterra y le expuse mi dilema. Le pregunté si Úrsula no podría sumarse a la expedición. Él fue tajante, con esa practicidad suya que a veces parece de piedra:

—Adrià, te lo dije entonces y lo repito: la expedición es para cuatro. Ni uno más.

Ahora, el rugido de este motor no consigue acallar el eco de lo que ella me dijo, sosteniéndome la mirada con sus ojos de aquel azul verdoso fascinante, antes de cerrar la puerta de su buhardilla. Fue como una sentencia que acepté con un nudo en la garganta:

—Adrià, este viaje es solo para ti. Forma parte de tu destino, si quieres llamarlo así. Pero no del mío.

Tenía razón, como es habitual. Pero el destino… ¿Existe realmente eso? En todo caso, es un lugar demasiado solitario cuando empiezas a recorrerlo.