← Capítulo 04: El peso del abismo Expediente 05/78 · Diligencia Diplomática
Demarcación: Ruta costera y dependencias consulares en Argel (Argelia)
Cronología de las actas: 10 al 11 de septiembre de 1983
Pieza recuperada: Pasaportes visados para Nigeria y Camerún, cuaderno verde oliva, mapa de ruta anotado
Atestado personal: Adrià Bonmatí
El Testamento Verde · Parte I: Registro de campo

Capítulo 5: Los papeles sellados

Calles abarrotadas y fachada administrativa en Argel con documentos consulares sellados, septiembre de 1983
DILIGENCIA DOCUMENTAL · REPLIEGUE A ARGEL Y PROTOCOLO DE VISADOS (11 DE SEPTIEMBRE DE 1983)

Camino a Argel · 10 de septiembre de 1983

Entramos en Argelia. El puesto fronterizo tiene un aire inquietante, pero no representa un gran inconveniente comparado con las aduanas que vendrán. Enric conoce el terreno y sus trampas. Nos ha advertido de que esto es solo un ensayo amable. Solo hay que esperar a que salga el sol.

Nos registran todo con una minuciosidad que parece más curiosidad que vigilancia. Los guardias sacan de las cajas metálicas los pinceles de precisión, los calibradores de acero y los tamices de seda. Los miran como si fueran objetos sagrados o prohibidos. Se quedan observando las cámaras fotográficas y los carretes de película virgen. Pasan los dedos por los niveles y las cintas métricas de lona. No buscan contrabando. Buscan entender qué sentido tiene llevar tanto metal y tanto vidrio al corazón del polvo. No nos falta ningún documento. No nos piden dinero. Solo tiempo.

El sol cae con violencia sobre la carrocería azul turquesa de la Transporter. Ya luce las cicatrices de la ruta: el costado izquierdo está surcado por los arañazos de la arenisca de anoche. Miro por la ventanilla. La carretera costera hacia Argel serpentea entre pueblos polvorientos, edificios desconchados y puestos de té. Todo se repite con una monotonía de cartón piedra.

El ambiente dentro de la furgoneta está cargado. El doctor Miravalls mastica su propia rabia. Tiene los labios tensos y el ceño fruncido. No se trata solo de que nos cerraran el paso en Jebel Irhoud. A la frustración del yacimiento se ha añadido ahora un problema mucho más grave. El doctor empieza a mascar sus palabras fijando la vista en el salpicadero, sin mirar a nadie:

—Increíble… sencillamente increíble. ¿Cómo pueden la Universidad y el Museo de Arqueología, con todo el apoyo de la Generalitat, haber pasado por alto algo tan elemental? Visados. Visados para Nigeria y Camerún. No estamos sellando una postal, demonios. Es África central. Yo lo advertí: si la frontera de Níger es inestable, habrá que desviarse. Pero nadie escucha. Y ahora, ahí lo tenéis: dos países más por cruzar. No previstos. No preparados. Nigeria y Camerún… Menudo cóctel. Y todo por un trámite de media mañana.

Miravalls resopla, casi riéndose de su propia desgracia, antes de rematar:

—Y lo peor de todo: para arreglar este despropósito tenemos que cambiar de ruta y subir hasta Argel. ¿Y si no llego a darme cuenta?

Enric interviene de inmediato, alimentando el incendio con tono socarrón:

—¡Ar-gel! La capital del caos.

El doctor reafirma las palabras del periodista de forma tajante:

—Eso mismo. Una ciudad catastrófica. Cientos de kilómetros hacia el norte, alejándonos del objetivo, para pedir unos sellos que ya deberían estar pegados al pasaporte. Días perdidos. Kilómetros para nada. Una planificación digna de un circo de pueblo.

Sobre el salpicadero, el mapa desplegado nos dicta una sentencia absurda. Para ir hacia el sur, hacia las entrañas del continente, primero debemos subir al norte. El doctor maldice los visados mientras Enric conduce. Ese rodeo por Argel es el primer recordatorio de que, en este lugar, la línea recta es una fantasía de los libros de geometría que estudié en Girona.

Margareth intenta suavizar la tensión proponiendo soluciones prácticas. Pero cada frase suya parece actuar como una lija sobre los nervios del doctor. Ella habla un español fluido, pero tiene ese acento norteamericano que marca las erres y una sintaxis a veces invertida. En los días de calma en el Empordà, al doctor le resultaba una peculiaridad encantadora. Ahora, cada «Peter» pronunciado con su fonética nativa le crispa el rostro. Él la corta con brusquedad. Se refugia en el mapa o en instrucciones estériles para Enric, dejando a la chica suspendida en un vacío de palabras. Observo esa hostilidad gratuita y no logro encajarla. Es como si el doctor hubiera decidido que ella ya no forma parte de su ecuación personal.

Enric, mientras tanto, enfoca su cámara hacia la calle. Capta niños descalzos y mujeres con velos oscuros que cargan cántaros de agua. El doctor Miravalls vuelve a la carga con un nuevo estallido de fastidio:

—Esto es tiempo perdido. Y todo porque en el comité de la Autònoma y en la Generalitat no son capaces de leer un mapa político. ¡Un mapa político, por Dios! Se creen que África se gestiona desde un despacho en la Vía Laietana.

Yo, por el contrario, no estoy tan preocupado. África no es un libro ni un documental. Es un organismo vivo que nos obliga a mirar de frente nuestra fragilidad como occidentales. Todo me resulta apasionantemente peligroso.

* * *

Argel · 11 de septiembre de 1983

La entrada en la ciudad es un asalto de bocinas, calles abarrotadas y humo negro de autobuses desvencijados. Varios hombres se acercan a la furgoneta ofreciendo de todo: cigarrillos, relojes falsos, carne asada en pinchos de hierro que desprenden un olor fuerte y grasiento. No dejo de mirar de reojo a Margareth. Ella mantiene la vista fija al frente, incómoda por las miradas penetrantes que recibe desde las aceras. Me parece extraño que el doctor y ella sean pareja. No se les ve muy enamorados, que digamos… O quizá el amor es otra de esas cosas que se deshacen con el calor.

Llegamos al edificio gris del Ministerio de Exteriores. El doctor nos pide los pasaportes. Sale con un fajo de documentos y la determinación de un general. Agradezco que no me pida acompañarlo. El aire de Argel nos llega filtrado por una inquietud extraña. Afuera, el griterío en árabe se mezcla con las figuras inmóviles de las aceras. Hombres con turbantes severos cuyas miradas parecen atravesar la chapa de la furgoneta. Somos intrusos en un escenario que nos vigila.

Los tres esperamos en el vehículo, con los seguros puestos. Pasamos horas tensas. El único sonido es el zumbido de alguna mosca contra el cristal y el roce del aire de nuestra propia respiración. Me gustaría hablar con Margareth, indagar en ese secreto que parece esconder tras sus gafas de sol. Pero con Enric delante es imposible.

Me doy cuenta, con una punzada de inquietud, de que él es un completo extraño. Alguien a quien apenas conozco de algunos encuentros fugaces en los bares nocturnos del Barri Vell de Girona. Empiezo a ver que es un tipo algo egoísta, encerrado en su mundo de apariencias y fotografías. Un periodista que busca el encuadre perfecto de una realidad que no le interesa entender.

Me pregunto en qué momento exacto me convencí de que era una buena idea cruzar un continente peligroso con alguien a quien solo conozco por el chasquido fétido de su mechero Zippo, el humo rancio de sus cigarrillos y por la botella de ginebra que siempre asomaba en su macuto para preparar aquellos cubalibres festivos en las plazas del barrio, a precio de saldo.

Cuando el doctor vuelve, el sol ya se ha inclinado hacia el oeste. Está detrás de los bajos edificios desiguales, y la luz en la calle es tenue. Trae el rostro sudado pero una expresión de triunfo, al darnos la advertencia:

—Conseguido. Visado de Nigeria y visado de Camerún para todos. Pero os advierto: esto nos costará más días de ruta. El plan original ya está muerto.

Escribo estas líneas mientras el resto duerme. Hoy es 11 de septiembre: día festivo en Cataluña por la Diada. Me imagino a Albert, a mis hermanos y a media Girona bajando en tren hacia Barcelona para llenar las Ramblas. Estarán ondeando miles de senyeres y cantando Els Segadors con esa garganta colectiva que parece que va a cambiar el mundo de un día para otro. Siento un pequeño pinchazo de nostalgia. Una punzada de exclusión. Pero escribo en el cuaderno estas palabras y miro hacia la oscuridad del desierto. Aunque me sabe mal no estar allí, sé que no lo cambiaría por este silencio.

Ellos buscan afirmar la identidad de nuestra gente en las calles; yo he venido a buscar la identidad de todos los pueblos de la tierra en los estratos del tiempo.

Con mi guitarra inicio las primeras frases musicales de Els Segadors. No consigo terminar el himno.