Cronología de las actas: 13 de septiembre de 1983
Pieza recuperada: Hoja de ruta manchada de aceite, conservas «El Velero», guitarra española remendada
Atestado personal: Adrià Bonmatí
Capítulo 6: La lata de sardinas
Disponible: 13 de diciembre de 2026
Material audiovisual del capítulo en proceso de desclasificaciónCamino al Gran Erg Occidental · 13 de septiembre de 1983
Hemos dejado atrás el bullicio de Argel y la furgoneta parece respirar aliviada, aunque el motor emite un quejido nuevo, un silbido metálico que Enric ignora con una confianza que me asusta. El paisaje ha dejado de ser una promesa para convertirse en una dictadura de roca y matorrales secos. Aquí, el horizonte no es una línea, es un peso.
La jerarquía del grupo, tan clara en los despachos de la Universidad poco antes de salir, empieza a agrietarse bajo el sol. El doctor Pere Miravalls ha pasado de ser el Capitán General a un hombre que pelea cuerpo a cuerpo con una lata de sardinas que se resiste a abrirse. Forcejea con la anilla y masculla con evidente frustración:
—Es una cuestión de diseño. Diseñan las latas para que solo puedan abrirlas los que tienen dedos de pianista o una paciencia que yo, desde luego, no he traído de Cataluña.
Margareth lo observa desde su asiento, intentando no sonreír. El contraste es casi cruel: ella mantiene una frescura intacta, como si el polvo no se atreviera a posarse sobre su piel y su vestimenta de Chicago, mientras que el doctor parece estar mimetizándose con el terreno; su camisa, que en Girona era un estandarte de elegancia académica, es ahora un mapa de manchas de grasa y sudor que él intenta disimular con una dignidad que resulta, a su pesar, bastante graciosa. Ella interviene con una suavidad que es, en sí misma, una pequeña victoria:
—Peter, usa el cuchillo de monte.
—Sé cómo abrir una lata, Margareth. He sobrevivido a Harvard, creo que podré con una conserva de la marca «El Velero».
Finalmente, la lata cede con un chasquido violento, salpicando de aceite su camisa blanca y el mapa de carreteras que descansa sobre sus rodillas. El doctor se queda mirando la mancha, un rastro traslúcido que ahora señala un lugar inexistente entre Ghardaia y el vacío. Por un segundo parece que va a estallar en un discurso sobre la ineficacia de la industria conservera, pero se limita a meterse una sardina en la boca con una solemnidad que me obliga a bajar la cabeza para que no me vea reír. Un pedacito de sardina aceitosa sobrevive rebelde en la espesura de su barba, ese orgullo de intelectual catalán que el desierto está empezando a deslucir.
El doctor Miravalls mastica en silencio, ajeno a ese pequeño trozo plateado que lo humaniza y lo derrota al mismo tiempo.
A media tarde, nos detenemos para la primera acampada real fuera de las rutas marcadas. Enric decide que es el momento de documentar la gesta. Se mueve entre nosotros con una de sus Nikon y me da una orden directa buscando que parezcamos entusiasmados pero profesionales:
—Adrià, ponte junto a la rueda; que parezca que estás inspeccionando la suspensión.
—Enric, no sé nada de suspensiones. Soy biólogo.
—No importa lo que sepas, importa lo que proyectes. En la foto, un biólogo que mira una rueda es un hombre enfrentado a la adversidad técnica. ¡Eso es periodismo!
Me agacho y miro el neumático con una intensidad fingida mientras Margareth despliega la mesa de campo. En este escenario, ella es la única que parece saber qué hacer. El doctor intenta ayudar con las varillas de una estructura que, según el catálogo, se monta en dos minutos, pero que en sus manos parece un rompecabezas de geometría no euclidiana. Hay algo ridículo en ver a un hombre que ha dado conferencias sobre el origen del ser humano siendo derrotado por una lona de poliéster. Pero al mismo tiempo, cuando el sol cae y los colores se vuelven de un naranja chillón, una extraña alegría nos recorre. Estamos solos. Realmente solos.
Ceno mis sardinas —las que no acabaron en el mapa— sentado en el estribo de la furgoneta. El calor ha bajado un par de grados, lo justo para permitirnos pensar. Miro al doctor y a Margareth; él le ha pasado el brazo por encima de los hombros, en una tregua temporal dictada por el cansancio. Enric revisa sus carretes.
O quizá es solo que el hambre me está volviendo sentimental.
Saco la guitarra de su funda remendada. Las cuerdas se sienten distintas, como si el aire seco del Erg las hubiera tensado de más. Empiezo a cantar, casi en un susurro, el Si em dius adéu de Lluís Llach.
Pienso en Úrsula, en el umbral de su puerta, en todo lo que dejé atrás por seguir un rastro de fósiles. Unas lágrimas recorren mis mejillas, calientes y saladas como el aire. Está muy oscuro. Nadie me ve. O eso quiero creer.