← Capítulo 12: Los bárbaros del asfalto Expediente 14/78 · Clausura Sumarial Parte II
Demarcación: Sala de estudio · Piso compartido en Girona (2023) / Cafetería del Onyar y cuarto de Adrià (1983)
Cronología de las actas: Octubre de 2023 (Levantamiento del cadáver) · Retrospectiva a la primavera y verano de 1983
Piezas y evidencias: Cuaderno verde sobre el flexo naranja; zócalo violeta degradado; citación judicial de la comisaría de Ramón Folch
Atestado personal: Alberto Gascón (65 años)
El Testamento Verde · Parte II: El Sáhara

Epílogo: El polvo de las estrellas

Albert anciano solo en la sala de estudio de Girona con el cuaderno verde bajo el flexo naranja, octubre de 2023
DILIGENCIA TESTIMONIAL · CONCLUSIÓN SUMARIAL Y REGISTRO EN EL PISO DE GIRONA (OCTUBRE DE 2023)

África, sin embargo, no fue solo una idea nacida de la ginebra y el cansancio. Hubo un tercer elemento, un catalizador que terminó de armar el mecanismo en la cabeza de Adrià: Samuel.

Samuel era un caso aparte. En una Girona donde todavía no conocíamos la inmigración tal como la entendemos hoy —donde los únicos que venían de fuera eran los andaluces, o gente como mis padres que vinieron de Aragón, o la familia de Úrsula que vino de Galicia—, Samuel era una rareza. Era brasileño, un hombre que parecía haber caído en el Onyar por error.

Quedamos con él en una cafetería junto al río. Lo que debía ser una charla distendida se convirtió en una emboscada teológica. Samuel empezó a blandir su Biblia y a hablarnos de su Dios con una insistencia pesada, casi agresiva. Yo, como ateo militante, zanjaba aquello con el silencio del que sabe que no hay nada que discutir: la razón nos dice que Dios no existe y que quienes han hablado en su nombre solo han cometido barbaridades. No valía la pena perder el tiempo.

Pero Adrià era agnóstico, y su agnosticismo tenía una arista afilada. Le dio rabia. Le dolió que Samuel quisiera darnos lecciones con sus mitos. Mientras el brasileño citaba versículos, vi cómo Adrià se tensaba bajo el foco de la cafetería. Para él, aquello no era una charla de bar. Era un desafío a su formación en biología y a sus convicciones existenciales.

Casi por despecho, le escupió lo de la expedición al corazón de África. No se lo dijo como quien comparte un plan, sino como quien declara una guerra. Quería ir allí para confirmar la Evolución sobre el terreno, para buscar en los estratos y en los huesos fosilizados de los homínidos los argumentos definitivos que sepultaran, de una vez por todas, la cosmogonía de Samuel. Se inclinó sobre la mesa, invadiendo el espacio del otro, y le soltó con una frialdad que no le era común:

—Mira, Samuel, tú quédate aquí con tu Biblia y tus profetas. Yo me voy al Chad y a Etiopía en septiembre. Me voy allí, donde la tierra no miente, a buscar los restos que demuestran que venimos del polvo, sí, pero no del de tu Biblia, sino del polvo de las estrellas que originó la Evolución hace más de quince mil millones de años. Cuando vuelva, tus versículos no serán más que ruido comparados con la verdad que traeré grabada en los huesos fosilizados.

El proyecto de la Universidad y la Generalitat era el vehículo, pero el motor era ese deseo de victoria científica. Adrià no iba al África a descubrir el mundo, sino a demostrar a Samuel y a todos los suyos que estaban rotundamente equivocados.

Fue en ese estado de irritación intelectual, con las maletas ya proyectadas hacia el origen de la especie, cuando Úrsula apareció para recordarnos que, entre la biología y la política, todavía quedaba espacio para el desorden del corazón.

* * *

—¿Señor Alberto Gascón? —La voz del inspector resonó en el pasillo, seca, devolviéndome de golpe al aire viciado del piso.

Me incorporé con lentitud. Mis articulaciones protestaron, recordándome que ya no tenía veinticinco años, sino cuarenta más, y que estaba sentado en el suelo frío de nuestra antigua sala de estudio. Al otro extremo del pasillo, en la que había sido mi habitación, estaba la escena del crimen. El inspector asomó la cabeza por la alta puerta de entrada al estudio, con esa mirada burocrática de quien solo ve expedientes donde yo veía una vida desguazada.

—Necesitaremos que pase por la comisaría de la avenida Ramón Folch mañana para ratificar la declaración. De momento, hemos terminado aquí.

Asentí sin decir nada, sosteniendo el cuaderno verde con una firmeza casi defensiva, como si temiera que pudieran confiscármelo como una prueba más. El inspector se retiró y escuché el murmullo de los agentes y el trasiego de la camilla metálica llevándose lo que quedaba de mi primo.

Por segunda vez, posé la libreta verde con una delicadeza casi religiosa, de nuevo bajo el haz de luz del flexo naranja. Lo abrí, a propósito, por la primera página, previendo el inicio inminente de mi lectura.

Volví a mirar el zócalo violeta, ahora cuarteado y de un tono mortecino, la misma pared que nos hizo pensar, a Adrià y a mí, que éramos invencibles. Lo habíamos pintado entre los dos, justo antes de habitar el piso, entre risas y coñacs; aunque, siendo justos, fue más obra suya que mía, pues yo siempre me escaqueé de los trabajos más banales para refugiarme en mis libros. Resulta doloroso ver cómo ese color que entonces fue un grito de libertad, sigue aquí apagado y gris, como un rastro de su paso, mientras la vida de quien lo aplicó se había desvanecido cuatro décadas atrás en algún lugar recóndito de la selva, sin dejar más rastro que el silencio.

Escuché el portazo final de la policía al salir. Me quedé solo en la penumbra, iluminado únicamente por el flexo. Miré hacia la alta puerta de doble hoja que separaba la sala de estudio del cuarto de Adrià. ¿Cómo debía de estar su habitación? Abrí uno de los batientes sin cruzar el umbral y me quedé ahí, observando la cama de matrimonio vacía que seguía en el mismo sitio, cuarenta años después. El alquiler sigue siendo barato gracias a la vieja subrogación de sus abuelos que, a partir de hoy, inevitablemente, habrá que rescindir. La casa parece haberse congelado en una decadencia eterna, esperando un cierre que acaba de llegar de la peor forma posible. Miré al techo, junto al balcón, a los pies de la cama. El administrador acabó arreglando aquel enorme boquete en el yeso por el que se colaban las filtraciones de la azotea, pero las humedades endémicas siguen dibujando mapas amarillentos en las molduras y en el falso techo.

La primera vez que Adrià vio a Úrsula fue a través de esta misma puerta, aunque fuera de lejos. Ya hacía un tiempo que yo mantenía una relación con ella, pero aquella noche me decidí y la subí al piso, con esa euforia desenfadada de quien arde por compartir las alegrías con su gente. Eran aquellos tiempos sin tabúes que definieron nuestro futuro. Golpeé suavemente la puerta de madera de su habitación y, al oír su permiso, entreabrí lo justo para que el mundo de fuera invadiera el suyo.

Allí estaba él, tumbado bajo las sábanas con Mercè, su amiga más íntima de entonces. Los presenté desde la puerta con aire jovial, divertido, celebrando esa libertad sin contratos ni reglas que nos hacía sentirnos pioneros. Para nosotros, todas las generaciones anteriores habían vivido a ciegas, atrapadas en una penumbra retrógrada de la que solo unos pocos habíamos logrado escapar. Recuerdo el brazo desnudo de Adrià saliendo de entre las sábanas para saludarnos; una mano joven, llena de la vitalidad de los veinticinco. Para romper el hielo del encuentro, uno de los dos —ya no sé quién— señaló el agujero negro del techo y soltó la broma que llevábamos semanas alimentando para desesperación de las visitas:

—Cuidado, que cualquier noche de estas, por ahí asoma un cocodrilo.

Nos reímos. Era una risa que nos hacía sentir invulnerables frente a las goteras, frente a los administradores y frente al futuro. Creíamos que la vida era eso: un amor sin contratos bajo un techo que podía hundirse, mientras esperábamos la llegada imposible de animales fantásticos. Pensábamos haber descubierto una felicidad limpia y moderna, un privilegio de elegidos. Parecía que no hubiera angustia, sino la intensidad de un presente que se nos entregaba sin condiciones.

Me niego a pensar que nos equivocáramos. Simplemente, el tiempo terminó por destruir el único mundo en el que, de verdad, valía la pena estar vivo.