Cronología de las actas: 6 al 8 de septiembre de 1983
Instrumental y piezas: Mapa topográfico de campaña, brújula náutica de bronce, portaminas técnico, cámara réflex Nikon
Atestado personal: Adrià Bonmatí
Capítulo 2: Confundir el mapa con el territorio
Disponible: 15 de noviembre de 2026
Material audiovisual del capítulo en proceso de desclasificaciónEn ruta hacia el Atlas. Marruecos. 6 de septiembre de 1983.
El sol cae a plomo sobre la carretera. La Volkswagen Transporter —nuestra «Burra», como la ha bautizado Enric— se porta como una campeona. Es nueva, confiable. Tiene ese rugido alemán que nos hace sentir que nada puede salir mal. En el interior, el aire es una sopa espesa de gasóleo, polvo y el aroma del café recalentado que Margareth insiste en preparar en una cocina que baila en cada bache.
Campamento en las faldas del Atlas. Marruecos. 7 de septiembre de 1983.
Esta noche acampamos en las primeras estribaciones del Atlas. Saco la guitarra. El grupo está relajado, pero yo siento una euforia que va más allá del viaje. Para mí, cada kilómetro que nos aleja de Girona es una victoria de esta expedición. No solo soy un biólogo. Entiendo que el neodarwinismo es la arquitectura definitiva del origen de la vida y de su transformación en este planeta. La selección natural es el único mecanismo que consigue explicar la extraordinaria y bella diversidad de las formas vivas. No necesito al Dios de Samuel para justificar la transformación de la materia inerte organizándose a sí misma. Me siento un precursor de esa claridad.
Empiezo a cantar los versos de Sisa:
—Fa una nit clara i tranquil·la...
Cuando entono aquello de que «cualquier noche puede salir el sol», las voces del doctor y de Enric se unen al estribillo. Margareth sonríe pero no consigue cantar. Llegó a Cataluña hace muy poco y apenas balbucea nuestra lengua con dificultad. Siento que esa magia galáctica es el contrapunto perfecto a mis certezas científicas. Si las rosas de Goethe pueden brotar del mármol, es porque la Evolución guarda ases en la manga que solo los elegidos podemos intuir.
Miro al doctor Miravalls. Asiente levemente al ritmo de la música con esa gravedad paternal que tanto me reconforta. Bajo este cielo inmenso, estoy convencido de que la ciencia es una línea recta y ascendente. Y que yo viajo en el primer vagón.
Llegando a Jebel Irhoud. Marruecos. 8 de septiembre de 1983.
A pesar del sudor que nos pega la ropa al asiento, el ambiente es efervescente. Hay una alegría casi infantil en los ojos del doctor. No es el profesor severo de Harvard. Aquí, con su sombrero de ala ancha y una cantimplora al hombro, parece un niño a punto de abrir un regalo de cumpleaños de trescientos mil años de antigüedad. Se gira desde el asiento del copiloto y señala el horizonte con una excitación contagiosa:
—Ya falta poco. Jebel Irhoud. Muchachos, aquí es donde el Sapiens decidió que ya estaba bien de ser un borrador y empezó a escribir su propia historia.
Yo viajo en el asiento de atrás, encajonado entre cajas de herramientas y sacos de dormir, pegado a la ventana. El paisaje es una sucesión de colinas áridas y aldeas de adobe donde los niños corren tras nosotros gritando palabras que el viento se lleva. La furgoneta es nuestro microclima de modernidad andorrana: tiene su litera doble estratégicamente montada y una ducha tan diminuta que lavarse en ella requiere la flexibilidad de un contorsionista.
Es un equilibrio precario entre una expedición científica y unas vacaciones compartidas que aún conservan el brillo de la camaradería.
Sin embargo, África tiene sus propios horarios. Cuando llegamos a la entrada del yacimiento, nos topamos con una verja oxidada que parece soldada por el sol. Un cartel descolorido reza en francés: Site fermé jusqu’à nouvel ordre. Está cerrado.
En la furgoneta, el entusiasmo se ha desinflado como un globo pinchado. Nos hemos quedado un momento parados, mirando el candado, mientras el motor seguía ronroneando con una indiferencia que, pasados algunos minutos, ha resultado cada vez más molesta. El doctor Miravalls empieza a gruñir, se baja de la furgoneta con una energía que roza lo cómico y se quita las gafas de sol como si eso fuera a hacer desaparecer el cartel:
—No puede ser. ¡Trescientos mil años esperando, y cierran justo hoy! ¡Qué falta de seriedad, por favor!
Todos bajamos del vehículo. Un vigilante con una chilaba que fue blanca hace una década sale de una caseta mascando algo con parsimonia. Ante el aluvión de idiomas atropellados del doctor, el hombre solo responde con un encogimiento de hombros que parece resumir la desidia del país:
—Fermé. No possible.
Enric, haciendo gala de su instinto de periodista, aprovecha para retratar el absurdo. Se ríe mientras enfoca la verja con su Nikon; dice, intentando rebajar la tensión:
—Tranquilo, Pere. Si no entramos, diremos que el yacimiento estaba tan bien conservado que no quisimos profanarlo.
Pero la risa se le corta al volver al asiento.
—¿Habéis visto mis gafas?
La cremallera de su mochila, que había dejado sobre el asiento con la ventanilla bajada, está forzada. Han volado sus Ray-Ban. Miramos instintivamente hacia dos hombres que nos observan desde la sombra de un muro, impasibles, con esa quietud de quien no tiene ninguna prisa. No hay hostilidad declarada. Solo una distancia geográfica y cultural que nuestras camisas de algodón limpio no dejan de acentuar. Enric dice con una sonrisa algo forzada:
—Bienvenidos a África. Primer yacimiento, primera lección: Marruecos no devuelve lo que toma.
Seguimos ruta durante horas hasta detenernos en una gasolinera polvorienta. Mientras Enric y el doctor negocian el precio del gasoil, Margareth y yo nos quedamos vigilando los depósitos de agua. Ella se sienta, impecable a pesar del polvo, sobre una piedra, dibujando líneas en una hoja suelta sobre su carpeta azul con melancolía.
El poniente incendia el cielo con unos rojos que parecen de otro planeta. De pronto, mirando ese escenario, Margareth me suelta una confesión imprevisible:
—No es lo que esperaba, Adrià.
—¿El qué? ¿El robo de las gafas?
—No, no es eso. El yacimiento cerrado. La mirada de esos hombres. Supongo que en mi cabeza todo era más... aséptico. Como en la Universidad de Chicago o en Harvard.
Me encojo de hombros con la suficiencia de mis veinticinco años.
—Los fósiles no desaparecen porque un guardia cierre una verja, Margareth. La verdad está ahí abajo, nos dejen entrar o no.
Ella levanta la vista y me dedica una sonrisa que no sé si es de afecto o de lástima. Clava la punta de su lápiz en el papel antes de soltar otra de sus sentencias:
Me quedo callado, mirándola fijamente mientras ella vuelve a sus dibujos. Esa frase me ha dejado desorientado. No entiendo del todo a qué se refiere, ni soy capaz de conectar sus palabras con una verja cerrada o con la mirada de un vigilante. Quizás los estudiantes de Harvard son más agudos que los de la Autónoma de Barcelona, o quizás, simplemente, hablan un idioma que todavía no he aprendido a descifrar.
Ya es de noche. En la litera, su frase me persigue como un zumbido. Me irrita, aunque todavía no sé por qué. He encendido la luz lateral. Todos duermen y no quiero molestar, pero necesito dejar constancia de cómo empezó esto.
Fue un par de días después de las elecciones. Llamé a Enric con una urgencia que ni yo mismo comprendía y quedamos en un café bajo los arcos de piedra de Girona. Él ya intuía el motivo de mi llamada. Le solté el sueño de golpe:
—Enric, soñé contigo de madrugada, justo después de la fiesta electoral. Soñé exactamente lo que acabábamos de vivir en el Barri Vell, pero con una diferencia. Recordarás que, en la realidad, te dije, junto con Albert: «Iremos a tu fiesta cuando te vayas en esa expedición».
Hice una pausa. El rumor del agua contra los pilares del puente sobre el río Onyar parecía llenar el vacío entre nosotros. Continué, emocionado:
—Enric, sé que me creerás. Perdona que insista. Acababa de soñar lo mismo que vivimos los tres, todo igual, solo el final era radicalmente distinto. En el sueño te decía: «Yo voy contigo a África». Eran las tres de la madrugada, y entraste tú en el comedor donde yo estaba durmiendo. Inaudito. Fue una anomalía absoluta. Tú nunca te habías presentado en nuestra casa y mucho menos a esa hora tan intempestiva. Además, Albert sabe de sobras que siempre duermo en mi cuarto, justo al otro lado del piso.
Pero aquella noche algo me empujó a quedarme en el comedor, fuera de mi sitio. Y apareciste tú, precisamente cuando yo despertaba del sueño. ¿Te parece que eso fue casual?
Enric, con esa media sonrisa tan suya, entre vergonzosa y pícara, no respondió. Me miró abriendo tanto sus grandes ojos —parecen estar viendo algo que a los demás se nos escapa— y se limitó a exhalar una bocanada de humo, dibujando formas grises que se interponían entre los dos.
Yo insistí:
—Enric: voy contigo a África. ¿Es posible? No sé si hay lugar para alguien como yo. No sé nada de tu viaje. La verdad te digo: nunca me interesó lo más mínimo.
Él, con esa ligereza que reserva para los asuntos graves, soltó las condiciones de la ruta haciendo una breve pausa antes de concluir:
—La expedición está diseñada para cuatro personas. Por ahora somos tres. Falta uno.
No lo dejé terminar. Sentía algo empujándome con una fuerza física. Interrumpí con una seguridad absoluta:
—Ese uno soy yo.
Enric alargó el brazo y me cerró el trato con un fuerte apretón de manos:
—Por mí, trato hecho. Ahora solo hace falta que pases una entrevista difícil con el director del proyecto: el doctor de Harvard y premio del CSIC en Madrid, Pere Miravalls i Alsina.
Ahora, rodeado del olor a tomates y del sudor acumulado en la Transporter, me pregunto si aquel cuarto puesto era una línea ya escrita o simplemente un hueco que debía llenarse para cuadrar el presupuesto.
He dejado de ser el profesor Adrià Bonmatí para convertirme en el aprendiz de una expedición de gigantes. Solo espero no acabar siendo yo la interpretación equivocada en este mapa.