Cronología de las actas: Noche del 8 al amanecer del 9 de septiembre de 1983
Incidencia documentada: Intento de interceptación y agresión en ruta; maniobra evasiva al límite de calzada
Atestado personal: Adrià Bonmatí
Capítulo 4: El peso del abismo
Disponible: 29 de noviembre de 2026
Material audiovisual del capítulo en proceso de desclasificaciónFrontera Marruecos / Argelia · 9 de septiembre de 1983
Escribo estas líneas con el corazón todavía acelerado. Observo un ligero resplandor en el oriente. El sol está a punto de salir, como una herida pálida que empieza a abrirse en el cielo. Los demás duermen un sueño pesado, de puro agotamiento. Yo, como siempre, necesito que la tinta fije lo que los nervios aún no han procesado.
Esta noche pensé que no llegaríamos vivos a la frontera. El sol se había hundido hacía rato. Dejó un horizonte teñido de un rojo tan profundo que parecía un presagio, antes de entregarnos a una sombra absoluta. No había luces, ni casas, ni rastro de presencia humana. Solo nosotros y la negrura.
La «Burra» avanzaba lenta, traqueteando sobre una carretera comarcal que serpenteaba entre montañas. Nos habíamos perdido. Nuestro mapa de papel, lleno de dobleces y tachaduras, es un laberinto confuso que no entiende de orografía real. Enric conducía con una velocidad que rozaba la inconsciencia. Parecía que las curvas cerradas y el precipicio invisible que nos flanqueaba a la derecha no fueran con él.
Fue el doctor Miravalls quien lo advirtió primero. No se giró, pero su voz cortó el aire con una frialdad nueva:
—Enric… ese coche lleva siguiéndonos demasiado rato.
Miré por la ventanilla trasera. Una silueta polvorienta. Dos faros amarillentos que mantenían una distancia hipnótica. Demasiado cerca, demasiado constante. No era coincidencia. En la primera recta, el vehículo —un coche viejo y destartalado— nos adelantó con un rugido de chapa suelta. Sin previo aviso, se cruzó en seco bloqueando el asfalto. Margareth se aferró con desesperación al asiento delantero y soltó un grito:
—¡Enric!
Él no dudó. No hubo reflexión, solo puro nervio. Pisó el acelerador y lanzó la furgoneta hacia la izquierda. Dos ruedas treparon por el arcén de arenisca. Rozaron la pared de roca con un estruendo de la carrocería chocando. El otro lado era el vacío. Sentí que el corazón me estallaba en la garganta. La Transporter aguantó el golpe. Con un crujido de la suspensión, volvió al asfalto dejando atrás al asaltante. Sus faros se quedaron clavados en nuestra espalda como los ojos de un animal herido. Se me escapó un hilo de pánico en mitad de la adrenalina:
—¡Bravo, Enric!
Pero no habían terminado. El coche volvió a pegársenos, rugiendo en cada curva, empujándonos hacia el error. En la siguiente recta lo intentó de nuevo. Se nos echó encima de lado, con la clara intención de lanzarnos al vacío. Entonces Enric hizo algo que nos dejó sin aire. Frenó en seco. Un frenazo brutal que hizo que todo el equipo de excavación se desplazase violentamente.
El coche enemigo, que no esperaba aquella parada brusca, nos sobrepasó por la inercia. Quedó parado algunos metros más adelante, tambaleante en el lado izquierdo de la calzada. Enric no le dio tiempo a reaccionar. Giró el volante y, haciendo rugir el reprís alemán de nuestro motor, lo esquivó pasando a gran velocidad por la derecha, al filo mismo del precipicio. Por el cristal trasero vimos cómo el otro vehículo quedaba sepultado en la densa nube de humo de nuestro escape, hasta que la distancia y la penumbra terminaron por borrarlo.
Nadie habló durante minutos. Solo se oía el rugido del motor y nuestra propia respiración, acelerada y rota. El doctor no dijo nada, pero sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el salpicadero. Al mirar de reojo el leve temblor de su mano izquierda, sentí un vuelco inesperado: comprendí que la geografía real no entiende de jerarquías académicas. Ni los premios del doctor Pere Miravalls en el CSIC ni sus cátedras en Harvard tenían peso alguno frente al rugido de un motor enemigo y el abismo.
No era una pérdida de fe en él, sino una cura de humildad para mí mismo. Mi maestro no era un dios inmune al peligro, sino un hombre de carne y hueso defendiendo nuestras vidas en mitad de la noche.
Seguimos así hasta que aparecieron unas luces tenues: un puesto fronterizo sucio, con una barrera oxidada y sombras uniformadas moviéndose con desgana. La frontera de Argelia. Estábamos a salvo. Enric, recuperando esa ligereza que a veces me irrita y a veces me salva, soltó de golpe su ya habitual frase:
—Bienvenidos a África.
Hemos cenado pan con tomate, queso y algo de embutido dentro de la furgoneta, en un ambiente sofocante. Nadie ha mencionado el incidente. Es como si hablar de ello lo hiciera real. O peor aún, como si admitiéramos que esta expedición científica y cultural se ha convertido en otra cosa.
He cerrado el cuaderno. El sol ya asoma. Miro a mis compañeros y me pregunto cuántas capas de nosotros mismos tendremos que dejar en este camino antes de encontrar lo que vinimos a buscar.