← Capítulo 06: La lata de sardinas Expediente 07/78 · Diligencia Nocturna
Demarcación: Eje transahariano sur · Rumbo a Tassili n’Ajjer (Argelia)
Cronología de las actas: Noche del 14 de septiembre de 1983
Piezas y circunstancias: Asientos abatibles de campaña, cartografía de ruta desértica, turno de conducción continuo
Atestado personal: Adrià Bonmatí
El Testamento Verde · Parte I: Registro de campo

Capítulo 7: El ataúd optimista

Cabina de la Transporter en plena noche sahariana durante la confesión al volante, septiembre de 1983
DILIGENCIA TESTIMONIAL · TURNO DE RUTA NOCTURNA Y CONFESIÓN EN CABINA (14 DE SEPTIEMBRE DE 1983)

Hacia el sur de Argelia · 14 de septiembre de 1983

La Volkswagen Transporter avanza lentamente por una carretera de asfalto que se extiende hacia el sur, recta, hasta perderse en el infinito. Cada vez cruzamos menos camiones. El último rastro de las ciudades quedó muy atrás. El paisaje de tierra ocre, rocas dispersas y arbustos cada vez más secos se retuerce bajo el sol mientras, dentro de la Burra, el aire es una masa sólida. Huele a sudor, a plástico recalentado y a gasóleo, pese a que llevamos las ventanillas abiertas de par en par.

El doctor Miravalls golpea con suavidad el mapa desplegado y toma la palabra:

—Escuchad. Nuestro próximo objetivo es el Parque Nacional Tassili n’Ajjer, en pleno Sáhara. No hablamos de un simple yacimiento. Allí se conserva una de las mayores colecciones de arte rupestre del mundo, comparable a Altamira o Lascaux, pero de dimensiones colosales. Son trazos de jirafas, elefantes, hipopótamos… huellas de un desierto que alguna vez fue verde. En cuanto a fósiles de homínidos, no es un lugar tan rico como el Chad o Etiopía, pero nos ayudará a entender el contexto. Cómo vivían, qué cazaban, qué paisajes recorrieron. Es una confluencia única de arte y arqueología.

El doctor se ajusta las gafas. Parece que todavía está en su aula universitaria, proyectando la voz para los alumnos de las últimas filas. Para llegar a ese paraíso de piedra hay que atravesar dos mil quinientos kilómetros de nada. ¡Dos mil quinientos kilómetros! En esa distancia solo contamos con cinco paradas posibles para recargar agua y combustible: Ghardaia, El Goléa, In Salah, Tamanrasset y, finalmente, el manantial en Djanet, a la entrada del Parque. Cinco puntos en el mapa. Si fallamos en uno solo, la expedición se acaba. Y nuestra vida, probablemente, también.

La rutina es férrea: turnos de conducción, recuentos de víveres y una disciplina casi militar. La pequeña cocina apenas da para calentar café aguado o hervir arroz con verduras de lata. La ducha, racionada con severidad, es un privilegio que no podemos malgastar. Enric aprovecha uno de esos momentos tensos para su habitual descarga de humor:

—Esto es como un submarino sobre ruedas. Si alguien tiene un gas, lo sufrimos todos.

Las risas alivian por un momento el calor sofocante. Yo sonrío, aunque me cuesta acostumbrarme a dormir en la litera inferior, encajado como un gato en una caja de zapatos, con el aliento a tabaco y a ginebra de Enric demasiado cerca. El invento de los asientos plegables ideado en Andorra es ingenioso, pero resulta tan estrecho como un ataúd optimista. El traqueteo de la furgoneta se me filtra en los huesos y las noches se convierten en un concierto caótico de ronquidos, toses y murmullos en tres idiomas. Siento un nudo en el pecho y la certeza de que no voy a acostumbrarme nunca.

* * *

Al caer la noche cambiamos el turno. Yo paso al volante. Conduzco con los ojos clavados en la línea blanquecina de un asfalto cada vez más deteriorado. A mi derecha, Margareth permanece inmóvil, con los brazos cruzados con tanta fuerza que sus nudillos están rígidos. Tiene la mandíbula tensa y respira de forma entrecortada, conteniendo a duras penas una rabia que hace vibrar el aire de la cabina.

Atrás, Enric se ha acomodado en la litera superior junto al doctor. No es su lugar habitual. Los dos han bebido más de la cuenta, después de la cena escasa. No parecen dormir. El rumor del motor llega acompañado de unas risitas cómplices que instalan una incomodidad extraña en la cabina. Las noches anteriores, la lógica del grupo dictaba que el doctor y Margareth ocuparan la parte de arriba, mientras Enric y yo nos acomodábamos abajo. Ese cambio repentino, ejecutado sin mediar palabra, es un mensaje que apenas empiezo a descifrar. Margareth clava las uñas en la tela de su asiento cada vez que una nueva carcajada ahogada cruza el techo de la furgoneta. Es una humillación física, pública, un desprecio que la ha desterrado de su pedestal junto al director como si fuera un equipaje molesto.

Son muchos kilómetros de recta. Los ronquidos y los suspiros profundos que llegan desde atrás indican a Margareth que es posible hablar. Se gira hacia mí de golpe, con una mirada encendida en la que se mezcla la indignación y una desesperación salvaje:

—¿Podrás conducir toda la noche?

—Puedo intentarlo. La carretera es recta como una regla. Hablar ayuda a no dormir.

Seguimos callados unos segundos. Ella clava la vista en la negrura que engulle el capó, frotándose las sienes como si le estallara la cabeza. Rompe de nuevo el silencio cargada de un desprecio amargo:

—Peter… Está distinto. Antes, incluso mis errores con el idioma le hacían gracia. Ahora todo lo que digo le molesta. Y con Enric… parece que tiene más que compartir con él que conmigo. Tienen secretos. Hablan entre dientes. Es como si me hubieran borrado del mapa de la expedición.

Intuyo lo que sugiere pero no me atrevo a nombrarlo. No tiene lógica. Intento consolarla de forma torpe:

—Quizás esté estresado por los contratiempos.

Margareth niega con la cabeza de forma lenta y amarga, y veo el destello de una lágrima de pura impotencia reflejada en el cristal de la ventanilla. Me suelta una frase cortante:

—No, es otra cosa. No sé si puedo confiar en ti.

Es ese momento absurdo en el que alguien te anuncia un secreto y tú, por una especie de cortesía hipócrita o de orgullo, te esfuerzas por parecer solo moderadamente interesado, cuando en realidad cada fibra de tu cuerpo se ha tensado como una cuerda de violín. Intentas que tu voz suene neutra, profesional, casi desapegada, mientras por dentro estás gritando que suelte la carga de una vez. Finjo una indiferencia que no tengo:

—Tranquila. No te fuerces. Dime lo que sientas.

Ella suspira y continúa tras una breve pausa:

—Fue él quien me buscó en Harvard. Perdona, no quiero aburrirte, pero aquí donde me ves soy una profesional brillante. Mis notas no bajaban del excelente. Eso llamó la atención de Peter.

Su discurso me suena pretencioso, como si necesitara recordarse a sí misma su propio valor. Yo nunca sabría hablar así de mí mismo. Busco algo que rebaje la tensión, aunque resulte poco convincente:

—Además de ser inteligente, él también se dio cuenta de algo más.

—¿Qué quieres decir?

—Nada. Solo que vio que eres guapa.

Mis palabras me suenan flojas. Ella me fulmina con una respuesta seca:

—Soy graduada en Geología por la Universidad de Chicago y estaba terminando mi doctorado en Harvard bajo su dirección. Tenía un futuro allí, pero él me convenció de que esta beca en España sería una oportunidad única. «Será solo un año», me dijo. Por el momento, no veo ninguna ventaja. Y menos ahora que todo ha derivado en este viaje incierto. Le gusté, no cabe duda. Y él a mí también, a pesar de ser un cincuentón. Me prometió amor. A veces pienso que no vine aquí por la ciencia, sino por seguirle a él. Y ahora me pregunto si fue un error. ¿No te has dado cuenta? No me hace ni caso.

Parece que va a llorar, pero se contiene con un orgullo frágil. Levanta la barbilla y remata con amargura:

—En Estados Unidos yo tenía un lugar, una voz. Desde que llegué a Europa siento que camino sobre arenas movedizas. Cuanto más intento afirmarme, más me hundo. Disculpa, no quiero cargarte con mis problemas. Solo necesito que estés atento.

Ella deja de hablar. Se apoya de lado hacia la ventana, cerrando los ojos como quien se entrega al sueño, pero alcanzo a ver unas lágrimas gruesas deslizándose por sus mejillas y el temblor de unos suspiros contenidos, llenos de desconsuelo. Me da pena, pobre Margareth, pero sigo sin entenderla.

¿Atento a qué? Su petición no es un grito ni una súplica; es una confesión a medias que pide compañía en plena intemperie. Siento el peso de sus palabras, una demanda silenciosa que no sé cómo responder sin traicionar mi propia lógica.